Cambio de enfoque

Durante semanas el gobierno repitió un mensaje con una seguridad llamativa: las cuentas públicas estaban bajo control, el rumbo era el correcto y no había necesidad de ajustes. El propio ministro Gabriel Oddone lo sintetizó con una frase que buscaba clausurar la discusión: “la casa está en orden”. Hoy, apenas unos días después, ese mismo equipo reconoce que deberá revisar metas, postergar gastos y recalibrar el programa fiscal. No estamos ante un matiz retórico, sino ante una viraje muy claro y difícil de disimular.

Pero el problema no es el cambio de rumbo. Las correcciones son parte natural de la gestión económica. El verdadero problema es el costo de haber negado la realidad hasta último momento. Porque desde hace muchos meses hay analistas advirtiendo que el presupuesto aprobado por el gobierno tenía problemas de diseño evidentes, que el déficit fiscal sería mucho mayor al pautado, y que tarde o temprano Uruguay iba a tener que bajar su enorme gasto público.

Desde Colonia y Paraguay se contestaba con gran superioridad que nada eso era necesario, que se trataba de un presupuesto ajustado a las necesidades del Uruguay. Este “delay” de meses que tuvo el Ministerio de Economía para aceptar lo que otros señalaban hace tiempo no será gratis.

El presupuesto que presentó el gobierno ya nació tensionado. Basado en supuestos optimistas, o directamente ilusorios, de crecimiento, inversión e inflación, prometía un sendero fiscal exigente sin tocar el gasto.

En una economía que crece poco hace más de una década las cuentas casi “se arreglaban solitas” hacia el final del quinquenio en el que habría equilibrio fiscal primario.

Era el país de las maravillas, un campo de amor y amapolas dónde todo se acomodaba sin incomodar a nadie por ese gran crecimiento económico y algunos impuestos nuevos. Para sorpresa de nadie que conociera la historia reciente no sucedió.

La única sorpresa fue lo rápido que todo aquel discurso venció y el ministro tuvo que recalcular.

Durante meses se eligió sostener el relato antes que corregir el rumbo. Se insistió en que el problema no existía, se desestimaron las señales de enfriamiento de la actividad y se evitó cualquier discusión seria sobre el gasto público. Hoy, cuando la realidad se impone, el margen de maniobra es menor. Ajustar en este contexto implica decisiones más bruscas, más costosas y más difíciles de administrar políticamente.

Hay, además, una segunda dimensión de esta historia que resulta particularmente elocuente. Oddone no solo negó la necesidad de ajustar. Se autoimpuso una restricción ideológica explícita: un gobierno de izquierda -dijo- no puede bajar el gasto público. Algo sorprendente viniendo del ministro “pro mercado” del gabinete y que se autopercibe continuador de la obra de Danilo Astori.

Siendo honestos, sí se parece bastante a Astori en su segunda gestión, quien en mayo de 2016 anunció que su presupuesto estaba errado y que era necesaria una “consolidación fiscal”. Oddone superó a su referente y hace lo mismo incluso antes, en marzo. En ambos casos la rendición de cuentas que se discute en el año dos del gobierno “confesará” lo ilusorio del presupuesto votado en el año uno.

Cuando el ministro habla de postergar gastos, de revisar compromisos y de recalibrar el programa, está haciendo exactamente aquello que había descartado por principio. Está ajustando.

Y demuestra, en los hechos, que aquella supuesta imposibilidad no era más que una decisión voluntaria, una rigidez ideológica que terminó encareciendo el ajuste.

El costo de ese error es concreto. Se pierde credibilidad, porque el discurso cambia en cuestión de días. Se pierde tiempo, porque se actúa cuando el problema ya es más grande. Y se pierde capacidad de gestión, porque las correcciones se hacen bajo presión, con menos grados de libertad.

El gobierno eligió no ver. Eligió sostener un diagnóstico cómodo en lugar de enfrentar el verdadero. Eligió la tranquilidad del relato por encima de la incomodidad de la realidad. Y hoy paga las consecuencias.

De todos modos, estamos ante una buena noticia. Si efectivamente el Ministro logra implementar una baja del gasto de magnitud, nos convencerá a todos de que él sigue dirigiendo la economía y que las locuras de sus compañeritos de fuerza política y de consejo de ministros quedarán como simples amagues para la barra.

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