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Al comparar dos noticias destacadas de los últimos días, se llega a una conclusión reveladora: las agendas bien diferentes que llevan de un lado el gobierno y del otro la oposición.
Anteayer, el presidente Lacalle Pou anunció la feliz culminación del estudio de factibilidad para firmar un TLC con China, un objetivo que está cada vez más cerca de convertirse en realidad, para directo beneficio del trabajo de los uruguayos.
Pero apenas un día antes y a instancias de la oposición, el senado dedicó más de una hora de su valioso tiempo a discutir nada menos que sobre el “comportamiento” de una integrante de ese cuerpo.
El debate tuvo momentos surrealistas. Tanto en la superficie como en el fondo, lo que postularon varios legisladores frenteamplistas fue un reclamo de liso y llano disciplinamiento a la senadora Graciela Bianchi, para impedirle expresar lo que le viene en gana. Se podrá estar de acuerdo o no con el contenido o la forma en que ella lo hace, tanto en cámara como a través de sus hiperactivas redes sociales. Como en cualquier país donde rige la libertad de expresión, quien se manifiesta de manera agresiva o “políticamente incorrecta” genera corrientes paralelas de fanáticos y detractores.
Es exactamente lo mismo que ocurre con los opositores que usan esas mismas redes para insultar al gobierno o personalizando los agravios en cualquiera de sus integrantes.
Quien haya seguido con paciencia -e incontenible capacidad de asombro- la sesión del otro día, habrá notado el exceso de victimismo en que incurrieron varios senadores y la escasa memoria que demostraron tener, respecto a lo que sus propios correligionarios han hecho en el pasado.
Se rasgaron las vestiduras por el hecho de que la senadora Bianchi procurara información sobre determinada dirigente sindical que había maltratado al presidente Lacalle, olvidando curiosamente que Tabaré Vázquez no tuvo reparos en divulgar, a través de la web de Presidencia, datos personales y antecedentes judiciales de un colono que lo había increpado públicamente.
Lo que postularon varios legisladores frenteamplistas fue un reclamo de liso y llano disciplinamiento a la senadora Graciela Bianchi, para impedirle expresar lo que le viene en gana.
Si hubo un rey del agravio en el país de los últimos 50 años, ese sin duda ha sido el expresidente Mujica. Sus expresiones malsonantes contra los adversarios políticos convierten a las de Graciela Bianchi en inocentes arrorrós. “Los blancos, que cuiden a sus mujeres”, dijo una vez, dando muestras no solo de un sectarismo patotero, sino además de un machismo bastante desafinado para estos tiempos. Pero ahora parece que el problema lo tiene Bianchi, por limitarse a opinar que una excelente compañera de nuestro diario es “de izquierda”, lo que no es un insulto en absoluto, o por responder con enojo a un comunicador que la acusó al aire de “estar medicada”.
Está demás decir que no es ese el nivel de debate que queremos en Uruguay. Pero este rechazo no amerita amordazar a una legisladora que ejerce la representación de decenas de miles de ciudadanos, quienes la colocaron en la banca que ocupa.
Insisten en que sus exabruptos constituyen una presión para el periodismo, cuando ellos mismos nunca han parado de menoscabar a los profesionales de la prensa, radio y televisión, acusándolos de actuar bajo presión de las direcciones de los medios, por miedo al despido. Ese infundio le zamparon a las valerosas periodistas que denunciaron las irregularidades del expresidente Sendic, en una época en que la Mesa Política del FA denunciaba una conspiración de “los medios de la derecha”. ¿Ahora vienen a dar cátedra de respeto?
Tal vez el punto más involuntariamente humorístico de esa sesión fue cuando el senador Enrique Rubio se mostró preocupado de que la conducta de Bianchi fomentaba la tan mentada grieta: “cuando la senadora divide al país entre los republicanos y demócratas, y coloca al resto en el casillero de los autoritarios, está cultivando una brecha que nos parece absolutamente indeseable”.
Los paladines de la brecha se quejan de que una adversaria la invoque con signo opuesto. Desde el primero de marzo de 2020 no han hecho otra cosa que acusar a la coalición republicana de gobernar para los poderosos y en contra del pueblo. Lo sostienen los Andrade y Civila, pero también los frágiles socialdemócratas que aún sobreviven en ese espeso caldo radical. Caen en un maniqueísmo superfluo y ahora, reclaman respeto de una adversaria que, aisladamente, les paga con la misma moneda.
Demuestran un gran amateurismo político: haciendo tanta bulla victimista para disciplinar a su ex compañera renegada, lo único que logran es enaltecerla.