Brasil, ¿entre democracia y barbarie?

Los resultados de la primera ronda electoral parecen haber sorprendido a todos los analistas. No deberían. Desde hace años que está claro que el octogenario Lula da Silva ha perdido su conexión con la sociedad brasileña, que la economía del país no funciona bien, que sus políticas de seguridad no dejan contento a nadie.

Pero hay algo todavía más importante. Y es que el escándalo en torno al Banco Master, el episodio de estafa financiera más grande de la historia de Brasil, golpeaba directamente a la línea de flotación del gobierno. Y en especial, el vínculo carnal del banquero autor de la estafa, con el grupo de jueces de la Corte Suprema que fueron puestos allí por el propio Lula, o que se han confabulado con él para primero exonerarlo de sus condenas previas, y luego ir sacando del juego a cada figura que le podía incomodar.

De esta manera, una sociedad que tiene enormes desafíos económicos, y que ve que el partido político que promete ser el non plus ultra de la honestidad y la sensibilidad social, estaba metido hasta el cuajo en el sistema corrupto que se está destapando. Como ya lo estuvo en tiempos del “Mensalao” o del “Lava jato”.

Es por ello que no solo el partido de Lula ha recibido un fuerte cachetazo en las urnas. Esa serie de partido menores, que se denomina en Brasil como el “centrao”, y que suelen ser el fiel de la balanza en el Congreso, con quienes cada partido debe negociar para sacar toda ley, y que es visto como la quintaesencia del establishment, también ha tenido un golpe muy fuerte. Al punto que una figura como Renan Calheiros, que lleva como senador de forma ininterrumpida desde 1995, perdió su banca legislativa.

Pero nada de esto disimula el derrumbe del partido de Lula da Silva y sus principales socios. Ex candidatas a la presidencia como Simone Tebet, o Marina Silva, figuras históricas del PT como Fernando Haddad, José Dirceu, o Gleisi Hoffman, quedaron fuera del Congreso.

Más allá del resultado presidencial, donde Lula quedó dos puntos debajo de Flavio Bolsonaro, lo que salió de las urnas fue una verdadera paliza contra el PT y sus aliados. Y la conformación de una bancada de derecha y centro derecha, como pocas veces se había visto en la historia de Brasil. Algo que abre posibilidades como la de enjuiciar a varios jueces del Supremo Tribunal, que en los últimos años eran intocables.

Pero si bien el resultado de Brasil es interesante de por sí, y que de confirmarse este rumbo en la segunda vuelta confirmará un cambio de tono político masivo en América Latina, casi que lo más grave es lo que estamos viendo en Uruguay, y en nuestro gobierno.

De manera infantil y poco inteligente, el gobierno de Yamandú Orsi se puso desde que asumió casi en una situación de vasallaje respecto al PT y al actual gobierno de Brasil. Algo indigno con nuestra historia, pero sobre todo, absurdo para los intereses nacionales. Cosas como cederle cuotas de exportación a China, o ser cómplices en votaciones en organismos internacionales, que no nos generan ningún beneficio, y si altos costos.

Todo eso para quedar ahora como los últimos marinos leales de un buque que se está hundiendo. Dejando al país sin aliados, sin gobiernos amigos, y más bien alejados de quienes de verdad van a definir las cosas importantes en los próximos años.

Nadie, desde ya, ha llegado a las cotas de petulancia e ignorancia que el presidente del FA, Fernando Pereira. Según Pereira, la elección en Brasil es entre “democracia y barbarie”, afirmando que ningún uruguayo podía tener simpatías por el candidato que acaba de derrotar a Lula.

Por lo visto, Pereira se cree que sabe más de la realidad política de Brasil, que los propios brasileños. ¿O acaso cree que el 47% de los ciudadanos de ese país votan por una barbarie? ¿Que no saben lo que les conviene? ¿O de golpe se convirtieron en ultraderechistas fanáticos?

Pereira es apenas la expresión más pura de la enfermedad degenerativa que suele golpear a la izquierda en todos lados. Se sienten tan superiores a la persona de a pie, están tan convencidos de ser la vanguardia intelectual de la sociedad, se piensan tanto más sensibles que el resto, que cuando la gente les da la espalda, no pueden aceptarlo.

La realidad es bastante más simple. Lula no ha sido un presidente efectivo, ha sido una figura tremendamente polarizante, y ha estado rodeado por una aureola de corrupción en todos sus gobiernos. La gente se cansó, y resulta que vino alguien que propuso algo que le gustó más, y lo votaron. Tan simple de ver, tan difícil de aceptar. Para algunos.

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