Al observar nuestros dos siglos de historia en perspectiva es posible detectar algunas características estructurales de su desarrollo que siguen pesando en nuestro presente. En esta película la primera parte solía ser pasada por alto por los historiadores que seguían la línea socialista-mercantilista de Barrán y Nahum, afortunadamente ya superada desde hace algunas décadas.
Uno de los principales errores de esa versión de nuestra historiografía plagada de sesgos ideológicos y escasa de honestidad intelectual era despreciar lo que aconteció en el siglo XIX. Es esperable para una visión estatista como esa pensar que hasta la consolidación de la estructura administrativa del Estado y el comienzo de su crecimiento elefantiásico no puede haber ocurrido nada bueno, aunque la realidad haya sido, naturalmente, muy diferente.
En el otrora olvidado y denostado siglo XIX nuestro país forjó su identidad democrática y republicana, una sociedad civil pujante, un empresariado emprendedor y el sistema político que nos sigue distinguiendo en el mundo, nada más ni nada menos. En medio de interminables conflictos con nuestros vecinos, cuando no algunos internos, el país fue conformando una identidad particular y algunas características sumamente valiosas que tiene mucho de lo mejor que aún conserva nuestra sociedad.
Vale la pena comenzar observando nuestra primera Constitución, una obra de inspiración liberal que fue el cimiento institucional sobre el que se edificó nuestra convivencia. La defensa de los derechos individuales, los políticos y la libertad económica fueron una base indispensable para los grandes debates del siglo, la formación las identidades políticas y el desarrollo económico que alcanzó Uruguay.
Hasta el golpe de Estado de Latorre contra el gobierno de José Ellauri el país prosperó como ningún otro de América Latina, siendo el que más crecía en términos proporcionales a su población. Las estadísticas de producto, cuya reconstrucción tenemos disponible desde 1870, muestran que hacia esa década alcanzamos el mismo ingreso por habitante de los países ricos de la época, Estados Unidos, Francia o el Reino Unido, por ejemplo. Que la sociedad civil logró construir el Teatro Solis sin ayuda estatal, mecanismos de ayuda mutua enteramente privados como la Asociación Española, desarrollos científicos para la conservación de la carne, mejoras de razas en la ganadería y una prensa vibrante, verdadera cátedra de cultura y civismo.
Si el Uruguay del siglo XX por el avance del estatismo y el proteccionismo que llevó a paralizar nuestra economía hacia mitad de esa centuria, el siglo XIX representa exactamente lo contrario; un país de instituciones y culturas abiertas y prodigiosamente fértiles para que la libertad diera alas a las cientos de miles de personas que fueron llegando a nuestro país.
Esa sociedad extraordinaria, dónde intelectuales de fuste se cruzaban en sus calles con estadistas de primera línea y empresarios de enorme visión nos permitió alcanzar el desarrollo que hizo posible el milagro oriental que caracteriza la formidable etapa que va del fin de la Guerra Grande a la década de 1870. Es ese país el que nos asombra por sus logros, no el que le sigue desde finales del siglo XIX en adelante que creyó que la prosperidad ya estaba dada y que se dedicó a repartir lo que ya existía descuidando los mecanismos de la generación de riqueza.
Al prodigioso crecimiento anterior al golpe de 1875 le sigue un período mucho más largo en que nos fuimos alejando consistentemente de los países más ricos del mundo porque seguimos rumbos esencialmente equivocados.
Más allá de relatos históricos inconducentes, la realidad es que fuimos un país exitoso cuando fuimos abiertos y liderados por un sector privado competitivo y nos fuimos quedando a medida que nos cerramos y cambios el premio al emprendedor por la recompensa al empresario prebendario.
Nuestra historia encierra valiosas lecciones que vale la pena rescatar en este bicentenario. Sería bueno que además de ideas fastuosas para gastar cientos de millones de dólares en festejos circenses pudiéramos sumar una reflexión profunda sobre nuestro legado, esencialmente aquel que puede iluminar nuestro futuro. El extraordinario país que supimos ser es el que podemos volver a ser si acertamos con el rumbo que, ciertamente, no pasa por darle más poder a los sindicatos, crear más impuestos, generarle incertidumbre jurídica a las universidades privadas y tirar abajo proyectos para contar con acceso al agua potable.