A la conquista de la generación Z

Uno de los cambios sociales con implicaciones políticas y electorales más relevantes que estamos enfrentando en todo Occidente, y que seguramente llegará a nuestro país con fuerte impacto para la próxima elección, son las particularidades que se verifican en lo que se llama la generación Z.

Hay todo un código particular en esto de llamar a las generaciones. En definitiva, se puede decir que los boomers son los nacidos entre 1946 y 1964; los X van de 1965 a 1979; los millennials nacieron entre 1980 y 1994; y los centennials abarcan el período de 1995 a 2012: estos son los que se denominan también generación Z, es decir, son las personas que estarán entre los 33 y los 17 años de edad en la cita de 2029, los jóvenes de esa futura elección.

Si bien toda generación es distinta con relación a las anteriores, esta generación Z es realmente rupturista en varias dimensiones. Sus miembros vienen creciendo con las redes sociales como permanente compañía. Tienen menos sentido de comunidad que sus mayores y tardan más en independizarse económica y locativamente del hogar de sus padres. Viven cada vez más su propio filtro en materia de conexión a redes sociales: ellas les muestran las publicaciones de los influencers que les gustan, charlan con sus amigos compartiendo esos contenidos y cuando quieren averiguar algo, le preguntan al algoritmo para recibir recomendaciones sobre ese tema particular basadas en sus propios gustos e historiales.

Esta nueva realidad tiene implicaciones sociopolíticas profundas.

A la hora de informarse, por ejemplo, la mayoría de los jóvenes también acude a las redes, donde el algoritmo les ofrece un menú de noticias sesgado de acuerdo con sus preferencias previas, lo que por cierto ratifica lo que llamó Eli Pariser en 2011 el “filtro burbuja”, es decir una especie de bucle de informaciones y datos ratificatorios de posiciones previas del cual es muy difícil desprenderse.

Para tratar de entender mejor lo que todo esto implica en materia de socialización política, el español Antoni Gutiérrez-Rubí publicó un trabajo en 2025 llamado “Polarización, soledad y algoritmos Una radiografía de las nuevas generaciones”. Su análisis no se limita a lo que ocurre en España: por ejemplo, aporta el dato de que Javier Milei en Argentina tiene una excelente relación con esta generación Z, al punto de que sumó en 2023 un apoyo del 69% entre los menores de 25 años, es decir veintinueve puntos más que lo conseguido entre mayores de cuarenta años de edad. El fenómeno de adhesión de la generación Z a liderazgos disruptivos como Milei naturalmente preocupan a las estructuras partidistas políticas clásicas tanto en España como en países sudamericanos.

En este sentido Gutiérrez-Rubí apunta que hay tres factores que juegan un papel importante a la hora de movilizar y conquistar el respaldo de los electores de la generación Z: la expresión de una tendencia antisistema; la lucha por la igualdad ciudadana y el compromiso por sus valores; y la influencia a tener en cuenta en todo el mundo digital.

Así las cosas, Gutiérrez-Rubí señala que los jóvenes empiezan a reclamar soluciones directas a sus problemas y tienen menos paciencia ante los procesos institucionales más lentos, lo que puede implicar una mayor desconfianza y un mayor rechazo al sistema establecido y sobre todo una crisis de representación de los canales clásicos de nuestra democracia liberal.

¿Qué traducciones concretas podrán verificarse de estas características de la nueva generación Z para la tarea proselitista y de representación política? Hay una que es evidente y es la poca atención que se le presta a toda la comidilla cotidiana que alimenta los disensos dentro del sistema político. Alcanza con tomar nota de cuáles son las noticias más leídas de este diario, tan alejadas casi siempre de lo político, o con auscultar las encuestas más recientes, que muestran que tanto la opinión oficialista como la opositora están disconformes con cómo están llevando adelante sus tareas gobierno y oposición, para constatarlo.

Pero hay una consecuencia más relevante: la generación Z, que tanto apoyó a Milei en Argentina, no quiere saber nada con la política vieja y clásica que vibra con cuestiones identitarias históricas y añejas. Se preocupa por soluciones concretas a temas de hoy, y reacciona positivamente ante la sinceridad del propósito y la eficiencia de la solución propuesta.

Aquí hay mucho para analizar de parte de la oposición si quiere realmente seducir a estas nuevas generaciones Z pensando en 2029.

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