En este mes de octubre se cumplen 70 años del inicio de la revolución democrática en Hungría que terminó aplastada por la represión de la Unión Soviética (URSS). En tiempos en que se relativizan los hechos históricos y se desconoce lisa y llanamente lo ocurrido bajo las tiranías comunistas de Europa, importa recordar este ejemplo de coraje ciudadano impar que el pueblo húngaro legó al mundo.
La de Hungría no fue la primera revolución en Europa del Este: ya a pocos meses de la muerte de Stalin en marzo de 1953 los obreros se habían levantado contra la opresión en Alemania del Este; y en el mismo año de 1956, pocos meses antes de la tragedia húngara, había habido un movimiento similar en Polonia, país que también sufría la dictadura comunista. Sin embargo, la revolución en Budapest fue sin duda la más sangrienta, porque fueron miles los que murieron en el intento de quitarse de encima el yugo del imperialismo comunista soviético.
Al inicio de la tarde del 23 de octubre unos 20.000 manifestantes, alentados por el proceso de desestalinización que había iniciado Kruchev en la URSS con la muerte de Stalin, iniciaron manifestaciones en la capital de Hungría para exigir libertad. Ya para la tardecita los manifestantes eran más de 200.000 personas. La reunión era pacífica pero firme en favor de la democracia y en contra de los abusos comunistas. Al día siguiente los húngaros avanzaron un paso más: una estatua de bronce de Stalin de 10 metros de alto, erigida pocos años antes, fue tirada abajo por la multitud.
Infelizmente, ese episodio fue una especie de señal para la URSS de que era necesario intervenir militarmente. Luego de varias idas y venidas y de negociaciones dentro del partido comunista húngaro y en Moscú mismo, el 4 de noviembre de 1956 la URSS se decidió a invadir Budapest y otras regiones del país. Más de 31.000 soldados y centenares de tanques dieron cuenta de la resistencia húngara que, heroica, duró hasta el 10 de noviembre.
El saldo fue de más de 2.500 muertos y 200.000 húngaros que huyeron en calidad de refugiados hacia Austria. Por supuesto, tratándose de una clásica represión comunista, el asunto no terminó allí: los arrestos masivos y la tortura a mansalva continuaron por meses, incluso entrado ya el año 1957.
Budapest quedó destruido. Pero, sobre todo, la URSS que había extendido la idea de su desestalinización dio en esa represión una señal muy clara de que no estaba dispuesta a admitir movimientos y reclamos por democracia y libertad en los países de su área de influencia.
En este sentido, en el excelente libro “El telón de acero. La destrucción de Europa del Este, 1944-1956” de la historiadora Anne Applebaum, que no es muy conocido hoy en día en Uruguay, hay un detallado y amplio análisis de los regímenes totalitarios de los países de Europa del Este que sufrieron el comunismo como sistema de gobierno.
Allí se muestra con enorme rigor metodológico cómo se podía llegar a experimentar en semejantes sociedades una suerte de doble vida, un desdoblamiento perverso de la conciencia individual.
Eso era así porque existía un cúmulo de presiones de todo tipo, que incluían claro está los terribles mecanismos del terror en la represión a los ciudadanos, que obligaban a muchos de ellos a fingir un entusiasmo que no sentían por el sistema comunista, o incluso a prestarle colaboración contrariando sus inclinaciones más íntimas, con tal de poder sobrevivir.
Nada que la excelente película alemana, “La vida de los otros”, que ya tiene 20 años, no haya mostrado magistralmente para el caso del infierno que se sufrió en la Alemania comunista hasta 1989, y que tan similar fue en todas partes donde la bota comunista gobernó.
En nuestro país, ganados como estamos por una interpretación de la Guerra Fría que dice que lo que hubo fue un enfrentamiento entre dos campos similares, se omite describir la verdadera esencia represiva y totalitaria de los regímenes comunistas que asolaron distintas partes del mundo, y en particular Europa del Este. Incluso muchos análisis de historia que se ocupan de estas décadas hablan de las actitudes anticomunistas en el Río de la Plata de aquel entonces como si ellas hubiesen obedecido a pulsiones paranoicas y retrógradas.
Esos análisis omiten lo que en verdad significó por doquier el régimen de terror comunista. Por eso importa mucho recordar hoy el coraje de esos miles de patriotas húngaros que en 1956 lucharon contra la tiranía comunista y dieron su vida por la libertad tan preciada.