Se cumple hoy un nuevo aniversario de lo que ya se ha instalado en la opinión pública como el golpe de febrero de 1973: se trata de los episodios que dieron inicio al proceso de golpe de Estado que terminaron con el cierre del Parlamento el 27 de junio de ese año, fecha que es la que siempre ha sido tomada históricamente como la más simbólica.
A 53 años de todo aquello es muy importante tener claro qué ocurrió en aquel febrero amargo. Se trató de un desacato por parte del Ejército y la Fuerza Aérea al mando del presidente constitucional Juan María Bordaberry que fue tan claro como explícito: “los Mandos Militares del Ejército y Fuerza Aérea han decidido desconocer las órdenes del ministro de Defensa Nacional, General Francese, al mismo tiempo que sugerir al señor Presidente de la República la conveniencia de su relevo”, declararon, a la vez que lanzaron el famoso Comunicado número 4 en el que plantearon alcanzar varios objetivos de políticas públicas que estaban completamente alejados de sus naturales funciones militares.
La pregunta, que cuanto más pasa el tiempo más queda con una única respuesta, es porqué la narración política sobre todo aquel año en el que se cae la democracia, que ha estado esencialmente en manos de la izquierda, ha disimulado la importancia de este pronunciamiento militar y ha centrado su atención ineludible en la disolución de las Cámaras del 27 de junio. En definitiva, cualquiera se da cuenta, más de medio siglo más tarde, que evidentemente el golpe de Estado, entendido como una insubordinación de mandos militares al poder civil, no sale de la nada y se instala en junio en el país, sino que se inicia claramente en febrero para luego ir tomando cada vez más espacio en las instituciones democráticas.
La única respuesta que se va asentando es que la narración de aquellos años disimula radicalmente estos episodios de febrero porque ellos dejan muy mal parados a toda la izquierda nacional que se había conglomerado en el Frente Amplio (FA) en 1971. Porque su apoyo al movimiento militar golpista fue desembozado y casi sin fisuras.
El diario demócrata-cristiano “Ahora” reconocía por esas fechas que “el proceso histórico conducía inexorablemente a una ampliación del carácter tradicional de las FF.AA. como institución subordinada y obediente”. El Partido Comunista también fue muy claro en el mismo sentido pro-golpista, ya que en el editorial de su órgano de prensa del 11 de febrero se puede leer: “las Fuerzas Armadas deben reflexionar sobre este hecho: los marxistas-leninistas, los comunistas, los integrantes de la gran corriente del Frente Amplio, estamos de acuerdo en lo esencial con las medidas expuestas por las FF.AA. como salidas inmediatas para la situación que vive la República, y por cierto no incompatibles con la ideología de la clase obrera, sin perjuicio de nuestros ideales finales de establecimiento de una sociedad socialista”.
No hubo fisuras con el campo sindical, siempre alineado a consignas izquierdistas. En efecto, nucleado en torno a la CNT no se quedó atrás del FA en cuanto al fondo del asunto. El 26 de marzo, es decir más de un mes más tarde y habiendo por tanto evaluado con cierta perspectiva la situación, publicó una declaración que valoraba el movimiento militar golpista de febrero como “la intención de llevar adelante algunos puntos reivindicativos coincidentes con los de nuestro programa. Nunca hemos pensado que somos los únicos que queremos la felicidad de nuestro pueblo y nos satisface mucho que en otros sectores que no son clase obrera, se manifiesten esas inquietudes”.
Pero el asunto no quedó sólo en organizaciones políticas y sindicales y en comunicados institucionales. Principales figuras de izquierda adhirieron personalmente al golpe. La más relevante fue Líber Seregni que pidió la renuncia de Bordaberry para permitir así que se abriera un diálogo para la “interacción fecunda entre pueblo, gobierno y Fuerzas Armadas, para comenzar la reconstrucción de la patria en decadencia”. También desde el Partido Socialista, Vivián Trías y José Pedro Díaz, por ejemplo, apoyaron la idea de un gobierno conjunto civil-militar.
Todas estas adhesiones izquierdistas demoraron mucho tiempo en ser reconocidas por las crónicas históricas. De hecho, ha sido el coraje de unos pocos investigadores y el paso del tiempo quienes han sacado a la luz pública el alineamiento golpista de la izquierda en aquel año de 1973.
Importa recordarlo hoy para que la Historia sea bien contada a las nuevas generaciones.