Rodrigo Rial Serena | Montevideo
@|El problema es lo que viene después.
Hay una incomodidad que Uruguay rara vez se permite articular en voz alta: sus problemas más profundos no vienen de afuera. Vienen de adentro.
En mayo de 2026, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur entrará en vigor después de veinticinco años de negociaciones, bloqueos y resignaciones. Es, objetivamente, una victoria diplomática. Un mercado de 780 millones de consumidores se abre a la carne, el arroz, la celulosa y los lácteos uruguayos con aranceles reducidos o eliminados. Los negociadores merecen reconocimiento. El resultado es real.
La pregunta que nadie formula con claridad es otra: ¿está Uruguay preparado para aprovechar lo que acaba de conseguir?
Firmar no es competir:
Abrir mercados y competir en ellos son ejercicios distintos. El primero es diplomático. El segundo es productivo. Uruguay domina el primero. En el segundo, el cuadro se complica.
Una empresa agroindustrial mediana que quiera exportar un corte cárnico procesado al mercado alemán deberá cumplir trazabilidad digital, certificaciones sanitarias, etiquetado en varios idiomas y tiempos logísticos que Europa mide con precisión suiza. Nada imposible. Pero cada paso involucra ventanillas públicas que no se hablan entre sí, plazos que se cuentan en semanas y una burocracia diseñada para controlar, no para habilitar.
El acuerdo abre la puerta. La empresa llega al umbral y espera. No es un problema de recursos. Es un problema de ritmo.
El problema que no se nombra:
Heredamos un Estado que protege más que habilita. Esa prudencia que nos salvó tantas veces hoy nos ralentiza.
Brasil coordina mesas sectoriales para capturar oportunidades concretas; Uruguay espera que las ventanillas se pongan de acuerdo. Argentina, en medio de su propio caos, tiene empresas que se mueven con agresividad que aquí todavía se mira con desconfianza. Chile lleva décadas construyendo masa crítica exportadora con una mentalidad que nosotros aún no terminamos de adoptar.
Uruguay negocia como un país serio. Ejecuta como un país que aún duda de sí mismo.
Lo que el acuerdo revela:
La entrada en vigor del acuerdo no es solo una noticia económica. Es un espejo. Refleja cuánto ha madurado Uruguay como actor internacional y cuánto le falta madurar como economía de ejecución.
El país aprendió a abrirse al mundo. Ahora tiene que aprender a competir en él. Y eso exige algo más difícil que firmar tratados: cambiar la velocidad interna, mejorar la coordinación entre organismos y fomentar un Estado que facilite, no solo supervise.
Cada sector que no se adapta retrasa al productor, al técnico, al exportador joven que apostó por esta oportunidad. El problema nunca fue la falta de mercados externos. Fue la dificultad de estar a la altura de ellos.
La puerta está abierta. La pregunta no es si podemos cruzarla, sino si tendremos la audacia de hacerlo. El mundo no esperará.