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Un único Wilson, siempre

Serrana Sienra | Montevideo
@|En la página editorial de la edición del domingo pasado se publicó un artículo del columnista Francisco Faig titulado “El mejor Wilson”, como si hubiera habido varios.

El autor describe al Wilson del 85 como el buen político y el pre dictadura como un irresponsable que falló en defender la democracia, enmarcando su postura en la doctrina de los dos demonios y contraponiendo la actitud de Wilson con la del Dr. Washington Beltrán. Sobre la posición adoptada en su momento por el Dr. Beltrán no me voy a pronunciar, por el cariño y el respeto personal que le guardo.

Pero sí quiero controvertir lo expresado respecto de Wilson, porque la tesis del autor, que ya ha sido sostenida otras veces y siempre me indigna, la considero descalificante y no ajustada a la realidad.

El marco referencial del artículo no es cierto. En este país se dio el golpe de Estado en 1973, cuando la guerrilla había sido desarticulada completamente y sus integrantes estaban presos o en el exilio. Aquí la guerrilla no luchó contra la dictadura, ni el golpe fue para combatir la guerrilla. La habían aniquilado antes de la caída de las instituciones. Tampoco éstas cayeron porque Wilson las golpeara, sino por el descrédito en el que las habían sumido algunos políticos a los que Wilson combatió con dureza, en particular, los que gobernaron a partir de 1967.

Porque hay un único Wilson, el mejor en cada momento, capaz de atender las prioridades de su época. Fue un estadista, que ajustó sus posiciones a los requerimientos de los tiempos que le tocó vivir, guiado siempre por los mismos principios. El ministro de la reforma agraria, el candidato de “Nuestro compromiso con usted”, el legislador de las interpelaciones, el enemigo sin cuartel de la dictadura, el opositor al Pacto del Club Naval y el sustentador de la gobernabilidad, es siempre el mismo Wilson, defendiendo la democracia, el Estado de derecho y el interés nacional.

Con un conocimiento profundo de la realidad del país, hizo propuestas novedosas para atender sus problemas y modernizó al Partido. Defendió el respeto de la Constitución y de la Ley en los gobiernos ya autoritarios de Pacheco y Bordaberry. Hasta dio su voto para dotar al gobierno de la época de los instrumentos legales que requería para enfrentar a la guerrilla tupamara tratando de evitar los reiterados incumplimientos del mandato constitucional en los que venía incurriendo.

Para quienes votamos por primera vez en el 71, su figura señera y su propuesta evitó lo hiciéramos fuera del Partido, porque nos convenció que las transformaciones que el país requería con urgencia sólo podían y debían hacerse en democracia, y que estaban al alcance de la mano.

Luchó denodadamente contra la dictadura en el exilio, y a su regreso puso todo su peso político para sostener las instituciones y consolidar la democracia. No llegó a la Presidencia, nos lo perdimos. Debió hacerlo, quizás en el 71 y seguramente en 1984, si no se lo hubieran impedido metiéndolo preso en un cuartel, para que ni siquiera pudiera hablar. Y en 1990 cuando ya ninguna fuerza humana podría haber evitado su triunfo, el destino lo hizo.

Hoy, la trascendencia de su figura, hace que todos la rescaten para llevar agua a su molino. Y eso está bien, entró a la historia y nos pertenece a todos. Pero reconociendo la unicidad del personaje, sin visiones hemipléjicas.

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