Arq. (J) Ignacio David Weisz | Montevideo
@|A pesar de lo rico que es nuestro idioma (el nacionalizado castellano de España), capaz de describir, explicar o representar en detalle las características de alguien o algo, no puede hacerlo con el sentimiento, por simple que sea. Las palabras pueden emocionarnos, hacernos reír o llorar, pero no especificar y describir un estado afectivo. Por eso, lo que sentimos lo intentamos expresar con hechos que respondan, acompañen y respalden actitudes.
Por la misma razón resulta difícil, si no imposible, convencer al equivocado que sus actitudes, movidas por un sentimiento erróneo, son perjudiciales primero para él y también para el prójimo.
Una parte de nuestra sociedad porque es joven e inexperta, o porque no puede o no quiere ver al monstruo que se oculta tras la máscara, aboga por principios y acciones que ya han sido probadas históricamente cuán nefastas son.
Un pastor y teólogo luterano alemán Martin Niemöller (1892-1984) nos dejó un mensaje* que desearía que asimilaran los que creen que la parte es más importante que el todo, que de nada sirve que sea rico si todos los demás son pobres, que si no se piensa en el futuro no hay presente, que la vida debe prevalecer porque lo opuesto es no existir.
*“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, ya que no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, ya que no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, ya que no era judío,
Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.