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Tickantel y la telaraña burocrática

C.I. 1.982.432-2 | Montevideo
@|Espero que a nadie más le ocurra. Pero lamento escribir que este deseo es tan solo una quimera. Hasta que no llegue un gobernante con la voluntad firme para hacer un cambio radical, todos los ciudadanos caeremos, más o menos veces, en la terrorífica telaraña de la burocracia.

Este columnista cayó dos veces en menos de un mes. Y en ella fue sometido a la cruel tortura de las respuestas que jamás llegan y las soluciones que nunca están al alcance de nadie. De las llamadas que nadie atiende y de los penosos tours telefónicos donde se escucha, una y otra vez: “acá no es. Le pasaron mal el interno”. Y así usted va, rebotando como una bola de flíper, con ese problema que sólo puede solucionar el compañero que justo acaba de salir, el que hoy está haciendo teletrabajo o el que se tomó el día libre.

Primero me tocó padecer al Correo Uruguayo, el que en la propaganda dice llegar hasta donde quieras, pero que luego de 45 días, no logró llegar a casa de un amigo en España con el libro que mandé desde la sucursal de Ciudad Vieja. Tampoco sus funcionarios pudieron responder qué pasó ni qué va a pasar con el paquete. Sólo me dijeron que tienen 20 días más para darme “una respuesta concluyente”, lo que sumarían 65. No obstante, el servicio fue debidamente cobrado. No vaya a creer. Porque si bien el Estado uruguayo es una tortuga vieja para ejecutar sus obligaciones, se mueve como un cohete a la hora de hacer cumplir las ajenas. Retrásese en el pago de una cuenta y verá lo que le digo. Ahora, donde la cosa se dé al revés, conocerá usted la absoluta indefensión.

La misma que sintió quien esto firma luego de comprar un par de entradas para un concierto a través de Tickantel y que, al rato de haber sido abonadas, la división de Antel que se dedica a vender boletos en línea decidió cancelarlas. En una maniobra de prestidigitación informática, se quedaron con el dinero y con las entradas. Durante los cuatro días que transcurrieron entre la compra y la fecha del espectáculo, nunca nadie respondió los mensajes de reclamo. Así, habiendo pago las entradas, quedé afuera del show. Para colmo de males, Antel tardó 14 días en devolver el dinero.

Qué significa todo esto, que nunca más voy a volver a mandar nada a través del Correo Uruguayo ni a comprar una entrada en Tickantel. “Ah, qué horrible, mirá como tiemblo”, dirán del otro lado del mostrador. Y ése el gran problema que tenemos: los derechos del consumidor no existen y las medidas que usted pueda tomar contra los que incumplieron su parte del acuerdo, son insignificantes.

Por otra parte, mientras el Presidente Lacalle se muestra ávido por escuchar a la gente de pie, sus colaboradores hacen la gran Tabaré Vázquez y se paran en pedestales situados bien lejos del simple mortal. Lo digo en particular por el Presidente de Antel, Gabriel Gurméndez, a quien acabé dirigiendo mis reclamos vía email por no recibir respuesta de las otras alternativas probadas. Tampoco tuve respuesta.

Finalmente logré comunicarme con la secretaría del Ingeniero recurriendo al viejo truco de decirle a la telefonista que llamaba del despacho del Senador Herrera. Prueba irrefutable de que, si en lugar de un modesto columnista de este diario, el inconveniente lo estuviera sufriendo un diputado, un ministro o un senador, se lo hubieran resuelto tan rápido como me atendió la secretaria del presidente de Antel luego que la recepcionista mordiera el anzuelo. Apuesto también a que no habrían tardado en enviarle al inventado legislador, una invitación especial al concierto y las disculpas correspondientes de parte del propio Gurméndez.

¿Qué conclusión se puede sacar de todo esto? Que en las relaciones con el Estado, siempre es usted el que pierde y el que paga. Mientras los funcionarios públicos de turno -desde el más encumbrado cargo político que no se rebaja a mezclarse con la chusma, hasta la telefonista que no sabe a dónde derivar la llamada- no tengan consecuencias como tendrían los privados, usted, amigo cliente, seguirá siendo un ser sin derechos, plausible del más indigno botijeo.

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