Alejandro Nelson Bertocchi | Montevideo
@|“El trabajo redime”. Esta referencia inicial, suscrita en forma muy lejana al recuerdo de alguna contemporánea y siniestra reminiscencia, está establecida históricamente en base a una de las problemáticas más acusadas que sostiene nuestra civilización que es, nada menos que la recuperación y posterior reinserción social de aquellos procesados por la ley que deben sufrir por mucho tiempo la pérdida de su libertad.
Se apela al trabajo obligatorio del penado, al menos, como uno de los medios necesariamente potables para lograr su reintegración a una vida normal.
Siguiendo esta línea conceptual es dable establecer cómo la crónica histórica nos va mostrando los sucesivos encares que las administraciones han sobrellevado al paso de los tiempos, donde sobresale la violencia y las difíciles circunstancias que tamaño tema ha supuesto para cualquier tipo de organización estatal, independiente de orientaciones políticas o ideológicas.
En ese marco, la evolución de esta simple crónica nos lleva a los sistemas esclavistas de los tiempos clásicos y de estos hacia los “penados a galeras”, donde sobresale la figura de don Pedro de Cervantes; para muchos la pluma más grande de nuestro idioma, que, encarcelado por un delito menor y atado a un remo, combatió en la batalla de Lepanto, resultando gravemente herido en uno de sus brazos.
Sin duda, históricamente el paso mayor lo dio la Rusia de los Romanoff, que le otorgó a la inmensa geografía de Siberia el universal reconocimiento de poseer una cárcel modélica de imposible escape, que tanto Julio Verne como Solzhenitzin se han encargado de pasar al papel en magistrales capítulos que han alcanzado renombre.
De este tema no escapan los colonialismos occidentales donde el poblamiento de Australia se lleva la palma, pues desde mediados del siglo XVIII los gobernantes de la Gran Bretaña, cuyas islas enfrentaban un aumento progresivo de encarcelamientos, encararon la solución de enviarlos hacia dicho punto, geográficamente tan remoto.
Inicialmente se había dispuesto que esta emigración forzada discurriera hacia los más cercanos asentamientos coloniales de la costa oriental norteamericana, pero luego se desistió por razones más prácticas.
En la historia nacional se hizo célebre el montevideano edificio del Cabildo donde, desde épocas de la dominación española hasta bien pasada nuestra independencia, el mismo ofició de cárcel cuyo reducto observó el desarrollo de innumerables instancias históricas.
También tenemos la “cantera de los presos” en la zona del arroyo Malvín, con cuyo esforzado trabajo se empedraron varios barrios de Montevideo, como La Comercial, La Blanqueada y el Cordón.
Empero en una línea general de interpretación más contemporánea dentro de esta temática que reflejamos, fue la experiencia del buque mercante TACOMA, sin duda la más cercana a obtener justa fama con aportes señaladamente positivos. Instalado como cárcel flotante en Mayo de 1973, con la firma del todavía presidente constitucional Juan María Bordaberry, el ex auxiliar del Graf Spee en aquel Diciembre de 1939, tuvo como “huéspedes” a lo más selecto de la población carcelaria criolla laborando notablemente dentro de la industria pesquera local, con sus magníficas cámaras frigoríficas, en una beneficiosa tarea que tuvo gran andamiento y cuya mayor muestra se dio al no existir, hasta su desafectación en 1980, asonadas ni escapes.
Una experiencia que no debe olvidarse.