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Revolucionarios sin revolución

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Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Y no me refiero al libro de idéntico título que trata sobre marxistas y anarcosindicalistas de la guerra civil española, sino a nuestros “revolucionarios” del Frente Amplio.

Si ganan no van a hacer la revolución porque la revolución ha muerto de muerte natural. En efecto, si una revolución está sustentada en ideales ciertos, viables, factibles de llevar al éxito la conducción socioeconómica y política de una nación, no muere por una simple derrota en el terreno militar.

La revolución liberal sufrió derrotas y obtuvo victorias, pero triunfó definitivamente al imponer la libertad y transformar a Occidente en la vanguardia planetaria de la civilización. Los mayores fracasos de la revolución socialista que pretendió sucederle no provienen de su derrota sino de su éxito militar. Ese éxito militar que puso en el poder en algunos países a socialistas y comunistas que han sometido a sus pueblos al estancamiento y la pobreza, y sólo se sostienen gobernando a partir de una Estado policial.

El Uruguay frenteamplista se formó en esos yerros doctrinales y llegó al poder cuando ya la realidad mostraba las llagas abiertas de las naciones que habían incurrido en ellos.

Por lo tanto, no hicieron la revolución; se limitaron a gobernar 15 años la realidad de un sistema que aborrecen. Lo penoso es que no dejaron de ser revolucionarios, sólo que ahora son “revolucionarios sin revolución”. Mentir y forzar los mecanismos de la democracia y la economía hasta conducirlas al colapso, ya no les permitirá aplicar el precioso sustituto de la revolución que conduciría a la sociedad perfecta. Eso no les impide seguir aplicando la estrategia revolucionaria.

Esa praxis política los lleva a apoyar con medias tintas una reforma constitucional suicida. Esa praxis les impone la necesidad permanente del escándalo, en todo tiempo y lugar. Que los hechos lo ameriten o no es secundario. Lo realmente importante es forzar el funcionamiento de uno de los poderes del Estado (el Judicial) hasta su descaecimiento, extremo que termina imponiendo la sustitución del “debido proceso” por un regateo entre fiscales y abogados defensores. No pueden sustituir el sistema porque perdieron la revolución en el camino, pero siguen creyendo que el delito proviene del sistema. La consecuente idealización del delincuente los condujo a tolerar la mayor escalada delictiva en la historia del país. Y de ganar, persistirán en el error, ya que el mismo hace a la estructura de su pensamiento. Para muestra basta un botón.

Aconsejo leer las 50 medidas de seguridad de la plataforma de Carolina Cosse. Por un problema de espacio me remito sólo a la primera de las medidas: “reducir la desigualdad”. Los comentarios huelgan.

Simplemente decir que la auténtica reducción de la desigualdad proviene de un proceso de desarrollo económico que en el mejor de los casos es de mediano plazo, cuando como sabemos y nos resulta a todos imperioso, a la delincuencia hay que enfrentarla ahora.

El revolucionario sin revolución transforma el odio de clases en mero resentimiento. La justificación de la violencia revolucionaria desemboca en la legitimación de la violencia. La crítica de la familia burguesa termina con la familia. La huelga revolucionaria aumenta la cantidad de días de asueto. La relativización del derecho de propiedad conduce a tolerar el hurto. Al carecer de la pretendida grandeza del objetivo revolucionario ya no hay un fin que justifique los medios. Persistir en esa lógica constituye una praxis perversa, disolvente y destructiva que libera la peor condición moral de los seres humanos.

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