Analista cuidadoso | Montevideo
@|¿Quién debe pagar por la revolución tecnológica?
La creciente automatización y la inteligencia artificial plantean una pregunta urgente: ¿cómo debe adaptarse el sistema tributario a una economía donde las máquinas reemplazan tareas humanas?
En el ámbito internacional se ha debatido crear un “impuesto a los robots”. La lógica parece sencilla: si una empresa sustituye trabajadores por tecnología, reduce sus aportes laborales mientras eleva su productividad. Sin embargo, gravar directamente a las máquinas presenta dilemas prácticos. ¿Qué es un robot: un brazo industrial, un software o un servidor en el exterior? Además, penalizar la tecnología puede desalentar la inversión y la competitividad.
La pregunta correcta no es “¿cómo gravamos a los robots?”, sino “¿cómo logramos que los beneficios de la automatización ayuden a financiar sus costos sociales?”.
Una empresa que se moderniza y exporta debe ser estimulada, no castigada. Pero si esa transformación desplaza trabajadores, es razonable discutir quién financia su reconversión laboral.
Ante la reciente propuesta de un Ministro uruguayo de evaluar un tributo de este tipo, considero que antes de crear impuestos específicos deberíamos analizar si el sistema actual captura adecuadamente las mayores rentas empresariales generadas por la automatización. Y, en paralelo, diseñar fondos destinados a la capacitación laboral. Con la inteligencia artificial, intentar gravar tecnología física o intangible en servidores globales será inviable.
El fondo del asunto no es tecnología versus empleo. La tecnología genera riqueza y bienestar; el desafío es evitar que sus beneficios se concentren solo en el capital mientras la sociedad asume los costos de la transición. No necesitamos un impuesto a las máquinas, sino un acuerdo inteligente sobre cómo distribuir los frutos del progreso.