Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Los EE.UU., Canadá, Australia, UK, Italia, Suiza, Alemania, Países Bajos, Finlandia y Francia han suspendido la ayuda a la UNRWA. La suspensión se mantendrá mientras dure una investigación que se ha abierto para verificar la participación de al menos 12 integrantes de esa agencia gazatí de la ONU en el pogromo del 7 de octubre de 2023. La ayuda proveniente de estos países representa el 60% de los fondos que ingresan a esa agencia.
Según un sondeo de opinión realizado por la reconocida encuestadora Palestinian Center and Survey Research (PCPSR), el 84% de los gazatíes manifestaron su opinión favorable a la creación de grupos armados que no reconozcan la autoridad palestina. Por su parte, el instituto Washington en julio de 2023 concluyó en que “sólo” el 57% de los habitantes de Gaza tenían una opinión “algo” positiva de Hamás. Ante estos datos, que obran en poder de cualquier ciudadano del mundo medianamente informado, uno no puede menos que preguntarse si la investigación acerca de la infiltración terrorista en la UNRWA no debería haberse efectuado con antelación a la ayuda. Ya sea por temor o por convicción, un enorme porcentaje de la población gazatí estaría dispuesta a colaborar en mayor o menor medida con el terrorismo. Cabría preguntarse al pasar: ¿What are you doing CÍA?
Mucha agua pasó debajo del puente para la ONU desde aquella carta fundacional de 1945 por la que los estados que la suscribieron asumían los nobles propósitos de mantener la paz, la seguridad, la amistad y la cooperación entre las naciones. En la actualidad 193 estados son miembros de la ONU. Hay en ese heterogéneo colectivo democracias, monarquías absolutas, teocracias, satrapías. dictaduras, gobiernos autoritarios, regímenes de partido único o sistemas basados en castas sin permeabilidad social. En las regiones gobernadas por los estados miembros hay de todo, inclusive mutilaciones femeninas infantiles, castigos corporales (azotes) por presuntos “delitos sexuales”, pena de muerte sumaria, homofobia, persecuciones políticas, carencia de toda observancia a los derechos humanos.
El principal organismo de la ONU, la Corte Internacional de Justicia de La Haya, el pasado 24 de enero instó a Israel “…a tomar todas las medidas a su alcance para evitar actos de genocidio en su guerra contra los militantes de Hamás”. Con este laudo, la Corte evita pronunciarse sobre la vergonzosa acusación de Sudáfrica acerca del presunto genocidio, pero con objetivos muy dudosos, ejerce la muy conocida y gramsciana “manipulación del lenguaje”. No existe el concepto “actos de genocidio” ya que el genocidio es antes que nada una estrategia sistemática (por lo tanto nunca se constituye con actos aislados) adoptada para exterminar premeditadamente a un grupo humano por motivos étnicos, religiosos, de identidad política o nacional. La guerra es la violencia desatada, y en tanto tal, los excesos se registran con frecuencia, pero el genocidio es otra cosa y nunca una democracia lo ha perpetrado. Asimismo, con la referencia a los “militantes de Hamás” (acá no hay estiramiento sino constreñimiento conceptual) se evita el uso del término “terrorista”, que es el que a todas luces corresponde a quienes revistan en esa organización.
Nuestro país ha tenido que padecer varias veces a los llamados “relatores” de la ONU, que con frecuencia son meros actores políticos funcionales a una hegemonía cultural bastante más extrema y trágica que la simple tilinguería “woke”. Por mencionar algunos casos, recordar cuando una relatora (exjerarca de Gambia, país que condena la brujería y la homosexualidad y en donde todavía se mutila a las niñas) con respecto a Uruguay sentenció: “La explotación y el abuso sexual de menores son muy comunes en el país y están normalizados social y culturalmente… es necesario cambiar la cultura que normaliza la explotación sexual y el abuso infantil”; o los dislates de Arrojo Agudo (Podemos) sobre el derecho al agua potable en Uruguay; o cuando relativizaron nuestra democracia plena basados en postulados antidemocráticos provenientes de la ideología de género.
Lo del título: ¿Quo vadis ONU?