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Posturas peligrosas

Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|Se habla mucho de los riesgos que acarrean algunas ideologías, sobre todo cuando son llevadas a sus planteos extremos, radicales. Por ejemplo, el comunismo, el liberalismo, el marxismo, el capitalismo, o cualquier forma de populismo de izquierda o derecha pueden llevar a puertos a donde sería preferible no amarrar.

Pero en nuestros días hay otros “ismos” mucho más sutiles y peligrosos que impregnan nuestra convivencia social, precisamente porque no son tan fáciles de detectar. Me refiero a tres en concreto: el idolatrismo, el relativismo y el indiferentismo.

Hoy nos concentraremos en el primero, para en un futuro continuar con los otros dos.

¿Quién no ha escuchado o leído alguna vez la expresión “¡Sos un ídolo! ¡Sos divina! ¡Es una diosa!”. Muchas veces son frases triviales e inocentes que no pretenden más que elogiar y premiar a una persona para colocarla en un pedestal. Sin embargo, el problema no aparece cuando se dan ese tipo de comentarios, sino cuando el idolatrismo pasa a ser una postura permanente, una actitud de vida.

En épocas pasadas los ídolos eran figuras con cargada simbología religiosa y se veneraban habitualmente en altares. Se idolatraban imágenes, animales, fenómenos de naturaleza o cósmicos, como también personas como los emperadores. Hoy los nuevos ídolos no necesitan altares religiosos, por el contrario, se esconden o se disfrazan.

Detrás de la economía y leyes del mercado está el consumismo aliado al rey dinero. Detrás de la política aparece el mesías salvador y verborrágico, ídolo de multitudes. En las redes sociales surgen las frases contundentes de los opinólogo-todólogos que elogian, condenan o cancelan socialmente a cualquiera, sin darle importancia más que a los pulgares para arriba y los aplausos masivos.

En definitiva, los nuevos ídolos son vagos, indefinidos y brumosos, pero persistentes: son el éxito fácil y rápido; el poder por el poder mismo, sin referencia a la autoridad y al servicio; el placer vacío e inmediato, sin vínculo alguno con el amor verdadero; la fama o el éxito a cualquier precio, con tal de que pueda salir en fotos; se idolatra la diversión y el entretenimiento como forma de consumir dopamina, para evadir toda forma de sufrimiento, dolor o sacrificio; se hace reverencia a la información como información misma, sin medir si está vinculada a la verdad, sino como simple fuente de chismorrería y sin relación alguna con el conocimiento y la sabiduría.

Cuidado: ni el consumo, ni el dinero, el liderazgo, las opiniones, el éxito o la buena fama, el placer, la diversión y el entretenimiento o la sana información son malos en sí. Devienen muy dañinos cuando se transforman en fines en sí mismos en lugar de medios para, y se idolatran separada o conjuntamente, pues pasaron a ser los nuevos dioses del siglo veintiuno de algunas sociedades, sobre todo occidentales. Y nos aferramos a ellos como si fueran tablas de salvación y pudieran darle sentido a toda nuestra vida.

Cuando esos ídolos caen o desaparecen, si eran el fin de nuestra existencia, ¿qué queda si alguna vez faltan?

Todavía queda un nuevo ídolo que puede transformarse en fin en sí mismo: la salud. ¡Que falten todos los anteriores, pero no la salud…! Entonces surgen los nuevos cultos: al cuerpo, al cuidado del físico y a la salud mental. Y tenemos los gimnasios como nuevas aulas y templos corporales, los estadios y sus nuevos ídolos: las estrellas deportivas (de las que sabemos más que de nuestras propias familias). Por supuesto que toda salud importa, pero no conviene ponerla como fin, ¡porque vaya que es frágil! Sobre todo, porque hay otros tipos de salud, que también importan y de las que nos ocupamos muy poco: la salud espiritual y la salud moral.

¿Una sugerencia para encarar el idolatrismo? Re-examinar y reordenar nuestras prioridades cotidianas. Nos referiremos al indiferentismo y al relativismo próximamente.

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