Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Terrorismo. La consigna realmente humanista debería terminar allí con un gran punto y aparte. Toda condena dirigida unilateralmente a uno de los polos terroristas en una marcha liderada nada menos que por los jefes que actuaron en el otro bando terrorista, queda deslegitimada desde el vamos. Se trata de una marcha que ha perdido en el camino de sus objetivos políticos, sus originales propósitos pacifistas y de atención al auténtico dolor del familiar del detenido desaparecido.
Por si alguna duda quedara acerca de los conceptos que aquí vertimos, acudamos a la definición de la RAE. Terrorismo: 1) Dominación por terror. 2) Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror. 3) Actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos.
Por ejemplo:
- 28/09/1970 bomba en el Bowling Club de Carrasco.
- 22/12/1971 dinamita en el Club de Golf de Punta Carretas.
Y podríamos seguir: explosivos en Coca Cola y Radio Carve, en 1964, Embajada de Brasil, Bayer y Cámara Mercantil en 1965, Operación Verano Caliente, etc. Y no mencionamos secuestros, asesinatos y acciones típicamente militares, sino sólo aquellas que realmente se ciñen al concepto original (no manipulado) de terrorismo.
La expresión “terrorismo de Estado” o “Estado terrorista” se la debemos a Luis E. Duhalde (“El Estado terrorista argentino” 1983). Sabido es que la dictadura argentina “descentralizó” la represión, delegándola a verdaderas bandas de represores que actuaban por propia iniciativa y fuera del control de sus superiores. Se lograba así el propósito verdaderamente terrorista, que no se configura con el mero ejercicio de la violencia, la tortura y el asesinato, sino que exige un requisito más que consiste en el propósito de infundir el terror indiscriminado en la población.
Las víctimas de la dictadura uruguaya fueron 197, en total, incluyendo los que desaparecieron en Argentina. Las víctimas de la guerrilla (que también fue una organización terrorista), fueron 66, tan seres humanos como las víctimas de la dictadura. Al igual que ellos fueron secuestrados, ejecutados o muertos en gratuitos e inconducentes enfrentamientos. El terrorismo guerrillero uruguayo no puede calificarse como menos gravoso que el derivado de la acción represiva de la dictadura, escudándose en el hecho de no provenir del aparato del Estado. La guerrilla estuvo integrada en gran número por intelectuales y universitarios; médicos que sabían la dosis de pentotal que se transformaba en letal… y la supieron administrar deliberadamente. No son menos responsables que la tropa de cuartel que recibió la orden: “Sargento: consígame del prisionero esta información…”. En el mejor de los casos, ambos demonios son igualmente responsables.
Las formas en que una sociedad, o los diferentes sectores de una sociedad, recuerdan a sus muertos pertenece a la construcción de la cultura a partir de uno de sus componentes principales: la memoria colectiva. Y cuando ese proceso es monopolizado por sólo uno de los polos del antagonismo histórico, estamos asistiendo a la construcción de una “hegemonía cultural”.
Lo del título: nunca más terrorismo. Pero también nunca más pretender la posesión del secreto de una organización social perfecta que hace imposible el mal, porque eso conduce al convencimiento de que también se pueden usar todos los medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla.