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¡No va más!

Alberto Rodríguez Genta | Montevideo
@|¡Son ellos o nosotros!

No voy a ponerme a relatar, ni a repetir las cifras de la criminalidad y la violencia en Uruguay. De eso se encarga la prensa, recogiendo las declaraciones de nuestros diversos representantes políticos, quienes utilizan el vergonzoso fenómeno de la inseguridad personal, como coto de caza, para acusar, y a su vez reivindicar sus logros, cuando van tras el voto popular.

Y a esta altura de las tantas muertes, humillaciones, violaciones, hurtos, privaciones y degradación social que afecta a nuestra sociedad, debemos sacar algunas conclusiones por parte de quienes deciden mantenernos en una permanente guerra social. ¡Y, porque sí! ¡Debemos asumir que son ellos o nosotros! Y creo que, salvadas muy pequeñas excepciones, estos seres no merecen nuestra compasión, ni nuestro sacrificio en pérdidas humanas y materiales para brindarles oportunidades que no saben ni quieren aprovechar.

Si les damos unas cárceles vergonzosas para que cumplan su pena y sientan la vergüenza de vivir como seres inhumanos, prefieren seguir arriesgando sus vidas y terminar allí, sin importarles el estigma y las privaciones. Cada año son más los internados. ¡Somos uno de los principales países, que, mayormente, nos damos esta vergüenza!

Si les damos cárceles decentes, respetando sus derechos humanos, y cursos de preparación para su posterior liberación, prefieren reincidir en el delito, agotando sus años de existencia en el encierro, y privándose de las oportunidades que a todos nos da la vida.

Les damos techo, comida, atención sanitaria, formación para la reinserción social; les damos ayuda a sus parejas y a sus hijos para que formen ciudadanos dignos para ellos mismos, para sus familias y para la sociedad; y prefieren seguir delinquiendo, robando, matando, recreando y alimentado el vergonzoso, deprimente y decadente mundo de las drogas y sus consecuencias criminales que terminan en la muerte de muchos orientales.

Son mentalmente asesinos en potencia; matan ellos o inducen a matar a otros desgraciados que cayeron en su miserable trampa de la satisfacción momentánea y la muerte instantánea. No saben, ni les interesa ganarse la vida de otra forma. En su afán revanchista de cobrarse deudas comerciales o rencillas familiares, asesinan niños y niñas inocentes, simplemente por estar en sus casas, estudiando, o en su calle, jugando. O ametrallan y matan a niños de 2 años, y hieren a otros de 8 y 10, porque alguien, irresponsablemente, se le ocurrió estacionar su auto frente a una boca de expendio de drogas. ¡Son lo peor de la humanidad!

Se introducen en sus casas y matan fría y salvajemente a una anciana o anciano jubilado para robarles los pocos ahorros que con tanto esfuerzo han juntado, para no vivir sus últimos años, dependientes. O profanan las viviendas de mujeres solas e indefensas y las roban y las violan, en verdaderos actos de demencia. Matan comerciantes que cumplen, honesta y sacrificadamente, un servicio a la sociedad, acercando, hasta en los lugares más remotos, los productos necesarios para su sustento. Matan policías, que, cumpliendo con su deber de protegernos a todos, cumplen su servicio a la comunidad, y dejando esposas e hijos pequeños en estado de orfandad.

El mayor porcentaje de estos ciudadanos tienen seis, nueve, trece antecedentes penales; la reincidencia carcelaria alcanza a un 70 %. ¡Es una calesita que no se detiene nunca! Y todo esto se ha multiplicado en los últimos años. ¿Qué más y cuánto más podemos seguir soportando como sociedad? Porque entonces nos planteamos barbaridades como la pena de muerte, la cadena perpetua o unas razias al barrer, según el método Bukele.

Y sí, siempre hay efectos colaterales pero, ¿acaso serán más graves que los que estamos viviendo ahora? Definitivamente, hoy debemos replantearnos todo esto, porque ¡ya no va más! ¡O son ellos o nosotros!

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