Ps. Jorge Ballario | Argentina
@|Soy argentino y, desde hace más de 30 años, vacaciono en Punta del Este con mi esposa, disfrutando unos 15 días cada verano. Nunca habíamos tenido sanciones de tránsito, pero este febrero, cuando viajábamos de Punta del Este a Montevideo por un trámite, vivimos una experiencia que nos dejó atónitos: dos patrulleros se acercaron bruscamente y nos indicaron detenernos.
Solicitaron nuestros documentos y mostraron fotos en sus celulares: teníamos 8 multas, todas correspondientes a la quincena de 2025, por más de 100.000 pesos uruguayos, y el vehículo sería remolcado. Fue un golpe inesperado. Intentamos explicar que desconocíamos las infracciones y que solo permanecemos dos semanas al año en Uruguay. Aseguré que pagaría todo, aunque no en ese momento. Tras verificar la situación, aceptaron nuestra explicación y permitieron que continuáramos, con la condición de abonar al menos una multa en el primer puesto de cobro para reducir la deuda por debajo de 100.000 pesos; de lo contrario, otro patrullero detendría el vehículo y lo secuestraría.
Como psicólogo, sé que cuando una persona con experiencia maneja de forma intuitiva, la conducción es más eficiente y segura. Después del susto y ante la amenaza latente, comencé a conducir con más cautela, siempre pendiente de la velocidad y los carteles, lo que volvió mi manejo más torpe e inseguro.
Esta experiencia coincide con la observación de un grupo de diputados uruguayos sobre el aumento de accidentes y muertes viales, a pesar de la dureza de las sanciones. En su reciente proyecto de ley, proponen adaptar las multas a criterios de razonabilidad y proporcionalidad, para que el sistema cumpla su función preventiva sin excesos.
Si el actual sistema de control orwelliano, con su descomunal implementación de cámaras y radares, no se flexibiliza, lamentablemente no regresaremos a Punta del Este.