Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Uruguay siempre se jactó de tener una cultura política racional, moderada y con bajo fanatismo; sin embargo, en los últimos quince años ha crecido, sobre todo en el Frente Amplio, un tipo de militancia que ya no discute ideas ni evalúa resultados, cree ciegamente, como quien abraza una fe. Esa creencia se ha vuelto inmune a la realidad y funciona exactamente igual que cualquier teoría conspirativa contemporánea.
Veamos, punto por punto, cómo opera este mecanismo.
-Desconfianza absoluta como punto de partida.
Para esta militancia, las instituciones uruguayas son enemigas por definición: la Corte Electoral es “de la derecha”, los grandes medios son “hegemónicos”, la Justicia es “de clase”, el Banco Central responde al “neoliberalismo”. No importa quién las integre ni qué hagan; la desconfianza es previa y total. El resultado es que cualquier hecho que contradiga la narrativa oficial del espacio ya nace descalificado.
-Explicación simple para todo lo complejo.
La inseguridad, la inflación, la derrota electoral, la baja adhesión a ciertas medidas: todo tiene una única causa oculta. “Es el plan deliberado de la oligarquía”, “es el FMI que aprieta”, “es la derecha que quiere voltear al gobierno popular”. La realidad multifactorial desaparece; queda una historieta maniquea donde siempre hay un villano y un héroe predefinido.
-Sistema inmune perfecto.
Es literalmente imposible refutarla. Si ganan una elección: “el pueblo triunfó”. Si la pierden: “nos robaron”. Si la Justicia absuelve a un dirigente propio: “prueba de que teníamos razón”. Si lo condena: “lawfare y persecución política”. Cualquier evidencia en contra se convierte, mágicamente, en prueba adicional de la conspiración.
-Conexión frenética de puntos inexistentes.
Un empresario dona a un partido de derecha, “están financiando el golpe”. Un medio publica una crítica, “campaña destituyente”. Un préstamo del BID, “entrega al imperio”. Se toman hechos aislados, se les agrega una intención malvada y se presenta como verdad revelada. El resultado es una red infinita de “todo está conectado” que da sensación de omnisciencia.
-Identidad por encima de la razón.
Ser “compañero” ya no es compartir un programa; es repetir la contraseña correcta del día. Quien duda, quien trae datos incómodos o quien osa criticar internamente pasa automáticamente a la categoría de traidor, funcional a la derecha o “vendido”. La pertenencia tribal es más importante que la verdad.
-Propagación en burbujas cerradas.
Esta militancia ya no discute en la plaza pública. Vive en grupos de WhatsApp y Telegram donde sólo entran “los de confianza”, en cuentas de X que se bloquean entre sí y en páginas que no admiten comentarios críticos. Ahí dentro, cualquier delirio se convierte en “dato” en cuestión de horas.
-La profecía que nunca se equivoca.
Año tras año, escuchamos las mismas predicciones apocalípticas: “van a privatizar ANCAP”, “van a eliminar el BPS”, “van a reprimir como en Chile”, “van a prohibir el aborto”. Cuando nada de eso ocurre, nunca se reconoce el error: “lo frenamos con la lucha” o “lo postergaron porque los descubrimos”. El profeta nunca falla; siempre “los obligamos a retroceder”.
-Efecto rebote garantizado.
Cuanto más se demuestra con números, documentos o hechos que la narrativa es falsa, más se atrinchera el creyente. Los datos se viven como agresión personal. Es el mismo fenómeno que se ve en terraplanistas o antivacunas: la refutación refuerza la fe.
Esta militancia ciega no es sólo un problema del Frente Amplio (aunque ahí es donde más se ha enquistado); es un cáncer para la calidad democrática del país. Porque una sociedad donde una parte significativa de la clase política y sus seguidores ya no discute con argumentos sino que cree dogmáticamente, está condenada a la polarización estéril, al grito permanente y a la incapacidad de construir acuerdos.
Uruguay necesita militantes que piensen, no feligreses que recen la consigna del día. Mientras no recuperemos la capacidad de dudar de nosotros mismos, de aceptar derrotas, de leer un dato sin sentirlo como traición, seguiremos retrocediendo hacia la tribuna irracional que tanto criticamos en otros lados.
La patria no se salva con fe ciega. Se salva con inteligencia crítica. Y esa, lamentablemente, escasea cada vez más en ciertos sectores de nuestra izquierda.