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Matando la vaca lechera

Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Un sindicalismo parasitario la va consumiendo.

La vaca lechera uruguaya, esa que durante décadas ha sido símbolo de prosperidad rural y motor de la economía nacional, está siendo parasitada hasta la muerte por un sindicalismo que parece haber olvidado su propósito original, defender derechos laborales sin destruir la fuente de esos mismos derechos.

Conaprole, la cooperativa que procesa la mayor parte de la leche que producen miles de tamberos, se encuentra al borde del abismo; sus productores, los verdaderos dueños, los que ordeñan al amanecer, los que invierten su vida en vacas y pasturas, ya no aguantan más.

Estudian vender el Complejo Industrial Montevideo (CIM), la planta más grande de Sudamérica, y salir definitivamente del negocio de helados, un segmento que ya arrastra rentabilidad nula o negativa. ¿Por qué?

Porque el sindicato AOEC (Asociación de Obreros y Empleados de Conaprole) ha convertido la empresa en un campo de batalla permanente.

Desde el cierre de la planta de Rivera en mayo de 2025 (tras una caída del 30-40% en producción por conflictos laborales acumulados), las medidas gremiales se han extendido como un virus; paros por turnos, trabajo a reglamento, guardias mínimas que paralizan líneas enteras, rechazos sistemáticos a propuestas de diálogo (incluidas cuatro del Ministerio de Trabajo).

El resultado es catastrófico:

-Pérdidas millonarias por interrupciones constantes.

-Pérdida de clientes clave, como uno chino que dejó de comprar manteca porque Conaprole no pudo cumplir.

-Silos llenos de leche que no se procesa, camiones esperando horas, riesgo inminente de que productores tengan que derramar leche, un crimen para quien vive de ella.

-Desabastecimiento en góndolas, faltan productos lácteos básicos, yogures, postres, leche fluida.

-Cierre de tambos: 150 en el último año, dejando la mitad de los que había en 2016 (de 1.600 a 800).

Los tamberos, esos emprendedores rurales que cargan con deudas, clima adverso y precios internacionales volátiles, ven cómo su “vaca lechera”, la que da oro en forma de leche, es devorada en un festín ideológico.

El sindicalismo, cuando se vuelve despiadado y miope, no defiende al trabajador, lo condena al desempleo futuro al destruir la empresa que lo emplea. Y condena al productor al cierre de su tambo, a la quiebra familiar, al éxodo rural.

Los tamberos oprimidos claman por soluciones de fondo, diálogo real, responsabilidad gremial, porque si la vaca muere, no queda oro para nadie, ni para salarios, ni para exportaciones que sostienen al país.

Es hora de que el sindicalismo entienda que no se come la vaca para saciar el hambre de un día, se la cuida para que siga dando leche mañana, pasado y por generaciones. De lo contrario, el festín termina en hambruna colectiva y los primeros en sufrir serán los mismos que hoy la están matando.

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