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Los milagros y la realidad

@|Las guerras son obras de hombres y los terremotos obra de la Naturaleza.

Por lo visto -y vivido hasta ahora- el ser humano, de Altamira para acá, (hablo en general) necesita creer en algo superior que se haga cargo de su ignorancia y de todos los males que le aquejan desde siempre.

Así, ese “ser superior” toma distintos nombres y ropajes según la geografía y/o la idiosincrasia personal de cada quién.

Cada cual cree que su dios -además de verdadero y todopoderoso- es el único. Desgraciadamente, vemos que -por la causa que fuese- ninguno de ellos escucha nuestras plegarias.

Por citar solo a tres de las religiones monoteístas -casualmente emparentado entre sí el trío a través del patriarca Abraham- comprobamos que ni los cristianos se libraron de las fieras en Roma, ni los hebreos son inmunes a las balas de los palestinos, ni los palestinos resisten un bombardeo israelí. ¿Qué dios está omiso?

Paradójicamente, esas tres religiones -y casi todas las demás- fundan su predicamento y su razón de ser en extender “el amor y la piedad entre todos los seres humanos”.

La Naturaleza (que nada entiende de dioses, de piedades ni de amores) con solo temblar menos de dos segundos sobre sus placas tectónicas, aplasta bajo toneladas de escombros, inmisericorde y sin distingos, a miles de humanos. Tanto le da que sean justos o pecadores, que tengan noventa años, o veinte, o que sean bebés de pecho.

Pocas potencias son menos discriminatorias que un terremoto.

En Turquía, en L’Áquila, en Siria, en Pompeya, en Agadir, en San Francisco, en San Juan, en Santiago de Chile, en México, en…, los dioses, evidentemente, nunca manifestaron intención de proteger a sus adeptos.

En estas reiteradas circunstancias, y a través de los siglos, la palabra más repetida fue y es “milagro”, de inocultable cuño religioso.

La escuchamos y leemos en los titulares cada vez que un equipo de esforzados rescatistas (ellos sí con empática alma humana, generosa y compasiva) extrae, de entre el desastre natural una, dos, cinco, diez…, vidas que, sin ese auxilio humano, morirían sin remedio en las más horribles condiciones. (Inevitable preguntarse, entonces, cuando damos gracias por las vidas “milagrosamente” salvadas, ¿a quien deberíamos denostar por las perdidas?).

El “milagro” sería que la Tierra dejara de temblar o que (horrible milagro, de verdad) solamente los “malos” de la película (esos a los que nos enseñaron a aborrecer como a “nuestros enemigos”) y no, al barrer, los niños y demás inocentes sepultados, perecieran según le imploramos a nuestros dioses particulares, aquejados , todos ellos, los tuyos, los míos, de sordera eterna.

Ya que -a la vista está- seguimos necesitando dioses a modo de muletas, quizás haya llegado la hora de, por lo menos, unificar esfuerzos en torno a uno solo. Ya no hablaríamos de “tuyo y mío”. Poco, pero algo es algo.

Tarea ímproba, ciertamente, pero posible, encomendable a los pastores de cada grey.

¿Se pondrán de acuerdo? Cuesta creerlo.

Pero mayores logros hemos conseguido. El fuego no fue regalo de Prometeo, ni el avión herencia de Elías, por cierto.

Inteligencia nos sobra, integridad moral nos falta.

Quizás para entonces -unificados y puestos a prueba los Credos- descubramos que - ¡oh, milagro!- podemos caminar sin muletas, y que “nada debemos esperar sino de nosotros mismos” .

Y , sobre todo, dejando atrás las hipocresías adquiridas, reconozcamos, sin ambages, que nuestro prójimo siente y vale tanto como nosotros.

Desde hace dos mil años, preconizada por distintos movimientos “espirituales”, sin embargo de clara intolerancia religiosa,(¿será necesario enumerar sus “créditos”?) permanecemos en plena Edad de la (falsa) Tolerancia, como antes estuvimos en la Edad del Hierro o en la del Bronce.

Ningún movimiento humano -salvo, quizás, el fútbol-ha generado más fanatismo y disensión entre los individuos de nuestra especie que los de corte religioso.

En nuestras manos está comenzar la Edad de la Aceptación sincera de nuestros semejantes. O seguiremos produciendo holocaustos, como siempre.

Es solo cuestión de tiempo.

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