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Los empresarios privados

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Algunas ingenierías sociales demenciales concibieron una sociedad sin ellos. Casi todas colapsaron; las que todavía subsisten, se caen a pedazos. Cuando los empresarios interpretan correctamente las necesidades de bienes y servicios que el prójimo requiere, los fabrican, los proveen y los prestan. No lo hacen por caridad (y esto es lo más importante porque le otorga masa crítica al proceso) sino para ganar dinero y persiguiendo ese fin sirven a la sociedad toda. Abren fuentes de trabajo, pagan salarios, innovan, acuden al mercado de capitales y pagan intereses, financian al Estado a través de los impuestos y colaboran en la financiación de la edad pasiva y la enfermedad de los trabajadores que contratan. Siempre hay un empresario que provee: “…el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y lecho en donde yago”. Y además, también los lugares de recreación, vacación, estudio y salud, entre otros.

Claro, no todo es perfecto. Una falencia, aunque no general sí muy frecuente, muy latina y muy “yorugua”, consiste en el recelo con que muchos empresarios miran el mundo de la política, de la cultura, de las ideas, de los valores que conforman a las “sociedades abiertas” (Karl Popper). Las empresas privadas florecieron a partir de la revolución industrial y lo hicieron en esas sociedades que llamamos “abiertas”, de mejor manera que en cualquier otro modelo social. Esto es: sociedades con gobiernos que se suceden mediante mecanismos legítimos (democráticos), basadas en Estados de derecho y en las que los individuos que conforman enormes colectivos mayoritarios forjan su futuro a partir de su libertad, de su responsabilidad personal y moral, de sus talentos, de sus decisiones e iniciativas particulares.

Estos valores forman parte de una cultura que está siendo duramente combatida, no sólo desde el mundo autocrático, antioccidental, colectivista a veces, fascista o teocrático otras, sino desde la propia cuna occidental y judeo cristiana que alumbró a las sociedades abiertas hace más de dos siglos.

Una reciente encuesta de Ernst & Young concluye que los principales desafíos externos que enfrentan los empresarios latinoamericanos son, en primer lugar, el escenario económico global y en segundo término, la incertidumbre política. Aunque los empresarios latinoamericanos perciben a esta última como verdadero riesgo, no logran asociarla al cambio cultural que la genera y permanecen ante él pasivos, como si fuera un inmutable dato de la realidad. Cuando para enfrentar ese contexto de incierto devenir, se toma el atajo de la colaboración directa con todo el espectro de partidos políticos cualquiera sea su ideología, se pone de manifiesto una intencionalidad lobbista, errada y cortoplacista fundada en el convencimiento de que ella generará las certezas que la contra cultura destruye día a día. No es el camino. En él, el empresario capitalista deja de serlo para transformarse en un barón feudal que es retribuido con los favores de la Corona y coadyuva así a la conformación de un modelo populista (de izquierda o derecha) siempre contrario a la iniciativa privada.

La estrategia genuina debería consistir en colaborar con la reconstrucción cultural de los valores en los que se funda la sociedad abierta, combatiendo la contracultura que se yergue en su contra y que ha cobrado una dimensión descomunal. Con frecuencia, ella se gesta en las mejores universidades del planeta ubicadas en el corazón del occidente próspero y capitalista y es alentada desde los organismos internacionales que las mismas potencias occidentales financian o desde el cine, el streaming, el teatro, la literatura, la música y hasta los premios Nobel.

No resulta tan difícil entender que cuando estos valores ceden terreno, una mayor pobreza afecta a todo el cuerpo social como consecuencia de una pérdida de valor generalizada y es la empresa privada (no la prebendaria sino la verdadera empresa capitalista), la que languidece en primer término. Ganar dinero está muy bien. Le sirve al empresario y a la sociedad toda. Pero no se trata sólo de eso. Si no se colabora con quienes presentan batalla en el frente cultural, nos aguarda una generalizada decadencia.

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