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Lo que Occidente olvidó enseñar

Mario Eitel Rostan | Río Negro
@|Comentario sobre el artículo de Ahunchain: “De Normandía a los Therians”, publicado el miércoles 25/2.

Occidente logró una victoria histórica en el siglo XX. Derrotó al nazismo, resistió al comunismo y construyó sociedades democráticas con niveles de libertad y prosperidad sin precedentes. Sin embargo, tras esa victoria material, descuidó un aspecto esencial: la transmisión cultural y moral a las nuevas generaciones. Preparó a sus hijos para vivir en un mundo libre, pero no les explicó suficientemente por qué ese mundo valía la pena ni cuál había sido el costo de conquistarlo.

La libertad no se sostiene por sí sola ni se transmite automáticamente a través del bienestar económico. Requiere ser explicada, enseñada y defendida conscientemente. Se asumió erróneamente que la prosperidad bastaría para garantizar la continuidad de los valores democráticos. Pero la libertad necesita relato, contexto histórico y sentido. Sin esa transmisión, las nuevas generaciones no desarrollan un vínculo profundo con las instituciones que heredaron.

Paralelamente, el entretenimiento y la cultura del consumo ocuparon el espacio que antes tenían la formación cívica, la historia compartida y la reflexión moral. Esto no es problemático en sí mismo, pero cuando desplaza completamente la formación cultural, deja un vacío. Ese vacío suele llenarse con identidades frágiles, tribales o superficiales, que ofrecen pertenencia sin fundamento sólido. La falta de sentido colectivo genera vulnerabilidad cultural y debilita la cohesión social.

Otro error fue confundir tolerancia con renuncia a sostener valores comunes. En el intento de evitar autoritarismos, muchas sociedades evitaron afirmar con claridad qué principios consideraban fundamentales. Como resultado, se debilitó la capacidad de distinguir entre lo que debe ser protegido y lo que puede erosionar las bases del sistema democrático. La tolerancia es una fortaleza, pero la ausencia de convicciones compartidas genera fragilidad.

El sistema educativo también contribuyó a este proceso al priorizar habilidades técnicas por encima de la formación cívica e histórica. Se enseñó a producir, competir y desarrollarse individualmente, pero menos a comprender el valor de la democracia, el Estado de derecho y la responsabilidad colectiva. Sin esa formación, los ciudadanos pueden beneficiarse del sistema sin comprender su importancia ni su fragilidad.

Las consecuencias son visibles en el debilitamiento institucional, el crecimiento del cinismo político, la desinformación y la pérdida de sentido de pertenencia. El problema no es la pobreza material, sino la pobreza de significado. Una sociedad cuyos ciudadanos no comprenden por qué deben cuidar lo común corre el riesgo de deteriorarse desde dentro.

Sin embargo, esta situación es reversible. Requiere recuperar la educación cívica, enseñar la historia de forma honesta y fortalecer la transmisión de valores democráticos. También implica que los líderes y las instituciones vuelvan a hablar no solo de derechos, sino también de responsabilidades. La democracia no es un estado permanente ni garantizado: es una construcción frágil que depende de ciudadanos que comprendan su valor y estén dispuestos a preservarla.

En última instancia, el desafío es cultural y educativo. Consiste en volver a explicar qué es la democracia, por qué importa y qué exige de quienes viven en ella. Una sociedad libre solo puede sostenerse si sus ciudadanos comprenden su significado y asumen la responsabilidad de transmitirlo a las generaciones futuras.

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