Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Derrotada la insana aventura de la insurrección armada y comprobados los rotundos fracasos del modelo de una sociedad perfecta que se pretendía imponer, el pensamiento y la acción de izquierda se dirigen a la instalación de una contracultura basada en antivalores. Al hacerlo despliegan banderas, en principio legítimas, para luego radicalizarlas y así crear (o agrandar) la grieta y persistir en una dialéctica confrontativa disolvente, tras el axioma perverso de que todo progreso no proviene de la colaboración sino del enfrentamiento.
En ese sentido, siguen parcialmente fieles al viejo postulado de Carlos Marx que sentencia: “La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”. (El Capital XXIV). Fracasado el socialismo les resultó imposible seguir justificando la violencia, pero persistieron en uno de sus componentes esenciales: el enfrentamiento a un enemigo que debe desaparecer como única forma de concebir el progreso humano. Por eso nos quieren convencer de que la consolidación de los derechos de la mujer debe provenir del enfrentamiento contra el varón (“Mujeres del mundo uníos” rezaba hasta hace poco la carátula de la página web de la ONU Mujeres).
Por eso creen que el desarrollo de los pueblos más atrasados debe provenir necesariamente de un enfrentamiento y no de una colaboración con las naciones desarrolladas (a las que llaman imperialismo). Por eso oponen la producción al equilibrio ecológico, en una contradicción que sólo se resuelve prescindiendo del valor intrínseco de las sociedades humanas.
Por eso pretenden superar el racismo promoviendo la lucha del indígena y del afrodescendiente contra el hombre blanco basada en una anacrónica revisión de la historia de la conquista. Otro tanto se propone respecto de la comunidades gay y LGBT, las que deben enfrentarse al varón heterosexual. En lo social muchos siguen sosteniendo el viejo enfrentamiento “oligarquía – pueblo”, etc.
Estos sonsonetes aturden a la mayor parte de la sociedad. El consecuente hartazgo conduce con frecuencia a buscar la respuesta en el pensamiento reaccionario. Ese que persiste en el machismo, en el clasismo, en el racismo, en la intolerancia religiosa y en un Estado autoritario y paternalista. Desde luego que no está allí la verdadera respuesta.
El único orden de ideas que presenta una batalla cultural legítima y auténticamente progresista (el origen del término “progresismo” corresponde al liberalismo español del siglo XIX y no tiene nada que ver con el pensamiento de izquierda) se encuentra en el pensamiento liberal.
Ese orden de ideas que generó un Estado de derecho evolutivo, que superó la sociedad patriarcal al reconocer los derechos civiles de la mujer, que promulgó el matrimonio civil y la familia como célula de reproducción social, que abolió la esclavitud, que atendió a la pobreza y generó progresivamente una mejor condición de las grandes masas, que declaró la libertad de cultos y la igualdad de los hombres sin distinción de razas y que concibió la idea de un Estado garante y respetuoso de las realidades humanas.
Son estos los únicos valores sobre los que se han edificado sociedades libres y prósperas. Con estas banderas debemos presentar batalla.