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Liberalismo uruguayo

Roberto A.A. | Montevideo
@|En los últimos tiempos, han aparecido expresiones políticas que intentan importar modelos ajenos, presentados como “nuevas revoluciones liberales”; discursos que proponen dinamitar estructuras, reducir el Estado a su mínima expresión o trasladar recetas de otros países a una realidad que no les pertenece. Sin embargo, Uruguay no necesita remedos ideológicos ni ruidos prestados. Nuestro país, con su historia institucional, su equilibrio social y su cultura cívica, demanda algo más profundo y más propio: dar forma al liberalismo uruguayo.

-Un liberalismo con raíces y propósito: el verdadero liberalismo no nace de la furia, sino de la convicción, no se impone con gritos, sino con ideas claras, técnica responsable y sentido nacional, el desafío no es “achicar por achicar”, sino construir un Estado eficaz, austero y al servicio de la gente, donde el gasto público se traduzca en resultados y donde cada peso del contribuyente tenga destino y control. La libertad no se alcanza destruyendo, sino ordenando con inteligencia, moral y respeto por lo que el país ha sabido construir.

-Economía de libertad, no de eslóganes: reducir impuestos es necesario, pero hacerlo con equilibrio y planificación; un sistema impositivo moderno debe ser más simple, más justo y menos asfixiante, sin comprometer la estabilidad ni los servicios esenciales. El liberalismo uruguayo debe premiar el esfuerzo y la innovación, promover la inversión productiva y liberar al emprendedor de la burocracia innecesaria, sin perder la sensibilidad social que distingue a nuestra nación.

-Seguridad desde el equilibrio: la seguridad no se resuelve con extremos ni con fórmulas importadas, Uruguay necesita firmeza, sí, pero también inteligencia, tecnología y prevención; un Estado fuerte en su autoridad, pero humano en su propósito, capaz de proteger a la sociedad sin perder el respeto por los derechos.

-Reforma, soberanía y limpieza moral: la modernización del Estado debe hacerse con sentido estratégico y con limpieza ética, privatizar no puede ser sinónimo de entregar; abrir la economía no puede implicar debilitar al productor nacional. Y sobre todo, ninguna reforma será legítima si no enfrenta de raíz la corrupción política, esa casta sin bandera ni partido que se esconde detrás de los buenos políticos, que sobrevive de la confusión y que ha convertido el poder en su modo de vida.

El liberalismo uruguayo coincide en una convicción fundamental, la lucha contra la corrupción no es ideológica, es moral y republicana. Sin honestidad pública no hay libertad posible, porque la corrupción destruye la confianza, y sin confianza no hay nación que progrese.

-Un camino propio: el liberalismo que Uruguay necesita no es un eco de otras tierras, sino una evolución natural de nuestra tradición republicana, de nuestra cultura del respeto y del mérito. Es un liberalismo que defiende la libertad individual, pero que también entiende la responsabilidad colectiva; que busca progreso, pero sin perder el alma nacional.

Finalmente: nuestro desafío no es imitar revoluciones ajenas, sino dar forma al liberalismo uruguayo, uno que combine libertad con respeto, eficiencia con justicia y progreso con alma nacional.

Un liberalismo que mire hacia adelante con orgullo, que sane la política desde la honestidad, y que devuelva a los uruguayos la certeza de que el poder no es un privilegio, sino un servicio.

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