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Las Llamadas

José María Reyes | Montevideo
@|Carlos Páez Vilaró, cuyo centenario viene recibiendo eventos recordatorios de toda naturaleza, tenía una pasión sincera e insuperable: las Llamadas.

Mi certeza está conceptualmente respaldada por algo que Páez siempre expresaba referido a que el carnaval afro-uruguayo fue el gran incentivador para iniciarse en la vida de artista; de ahí que instaló en el derrumbado Conventillo Mediomundo - al que con su ingenio consideraba un Mundoentero - su primer atellier.

Desde 1950 hasta las Llamadas de febrero del 2013, con 90 años cumplidos, hizo todo el recorrido despidiéndose de ellas y de la vida, ya que a los 10 días “despedimos a un muerto y saludamos a un inmortal”.

En su homenaje y agradeciéndole a mi mujer, su hija Agó, con quien lo acompañamos en la fiesta desde 1986, hasta el final, rescato parcialmente uno de sus escritos que enviaba sin falta a El País, el mismo día del evento. Entre decenas de sus publicaciones a lo largo de décadas, elijo la impresa en la edición de El País, el día de las Llamadas de 1982. Un ya remoto 7 de marzo de 1982, en la que por única vez optó por titular “Las Llamadas”.

Desde 1950 hubo 32 colaboraciones anteriores y 31 posteriores, pero sólo en la que vamos a evocar aparece el título de la fiesta. Esa inspiración fue, sin duda, el detonante para abordar en lenguaje metafórico la esencia de la fiesta.

Aquí su escrito:

“La llamada es una barca de barrica corcoveando en el mar del pobrerío. Son velas infladas por las voces del pueblo, sus banderas la extensión del cañaveral. Flameando en retazos, muestran las cicatrices del tiempo que pasó y orgullosas distinguen el color de las cofradías. Su motor auxiliar se bate en tambores, energía de brazos y venas. Si el barrio duerme, la llamada lo despierta. La barcaza pasa escorada los cruces de esquina, deja flecos de trofeos en el cartel del bar, encabrita la mula del carro de hielo, enciende los cachetes de la botijada. Nadie puede detenerla, mientras su estropada hace añicos el silencio de la ciudad y queda solo la alegría en la estela de popa”.

Y oprimiendo con vigor el pedal de la emoción, Carlos Páez Vilaró cierra así este antológico artículo sobre la legendaria fiesta: “...las llamadas con su perfume a selva, su carpa de cuero, su andar de cascabel. Con ellas vienen el árbol, el río, el pájaro, el viento, el animal. Todo el lujo violento de la libertad. A más de treinta años de arrastrar mi tambor junto a ellas la fogata me encontrará otra vez en la línea de partida. Cuando el papelerío se transforme en cenizas y se pegue al rocío de las claraboyas y el barrio comience a arder desde abajo. Para darme el gusto de seguir integrado a la corteza de un folklore que nunca muere y del que por lo menos una noche al año, para comprenderlo y sentirlo, todo uruguayo debe ser protagonista...”.

Salía de la niñez cuando conocí a Carlos Páez Vilaró, allá por la primer mitad de los 50 de la pasada centuria. Corrieron más de 60 años de amable y sincera amistad y si tengo que decir un solo rasgo que explique su monumental peripecia de vida en todos los territorios físicos y artísticos no tengo ninguna duda: fue el hombre más libre que me crucé en la vida.

Y sin libertad, don supremo, ni las personas, ni las sociedades pueden crecer y perdurar en su legado.

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