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La vida

Alberto Delafond Valles | Montevideo
@|La vida, nuestra vida, es un milagroso regalo del Creador, un don por el cual existimos, una mágica secuencia ininterrumpida de eventos que, en sucesión concatenada, algunas veces programada y otras sorpresiva o espontánea, va llenando las páginas de una historia de ignota duración, rumbo a una meta final inevitable: el destino, que nos encontrará, a su capricho, en modo casual e inesperado.

Sintetizando, la vida es una cadena de hechos fascinantes que asumimos como naturales sin comprender en realidad porqué suceden: nacer, jugar, aprender, crecer, soñar, estudiar, amar, trabajar, disfrutar, procrear, educar, envejecer, descansar, rememorar y morir. Tal rutina vital puede, normalmente, omitir alguna de las instancias, salvo las inexorables, nacer y morir.

Para lo primero no estamos preparados y sucede por factores ajenos a nuestra voluntad, pero de lo cual debemos estar agradecidos; para lo último tampoco estamos preparados pero en este caso simplemente debemos estar resignados, sabiendo que como ley universal es inevitable. La vida es sencillamente un camino hacia el destino final.

La forma de vivir puede ser impredecible a veces, o planificada premeditadamente en otras ocasiones. En este caso haciendo honor a uno de los asertos más notorios del refranero castellano que, con añosa sabiduría, predica: “Vivir se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”. Ese refranero de sentencias que el correr de los años van confirmando de “cómo siembres, recogerás” o ante una adversidad, “Mientras hay vida, hay esperanza”.

La vida en palabras de Bernard Shaw: “No se trata de encontrarte a ti mismo, la vida consiste en crearte a ti mismo” y entonces el mundo se abrirá para vivir a nuestro albedrío la senda hacia la meta sabida, pero oculta en las redes intrincadas del destino.

O en palabras de Mahatma Gandhi: “Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir siempre”.

La Humanidad vive en su mayoría rutinariamente, en general sin destaque, con una especie de sabio conocimiento en el cual sabiendo el final se busca llegar a lo más lejos, con la mayor seguridad posible

Por tanto, “Sólo el que ensaya lo absurdo, es capaz de conquistar lo imposible”, tal como sentenció sabiamente Miguel de Unamuno; lo que, aplicado a la realidad, justifica la existencia de seres exitosos (sabios o genios) que, elevándose de lo convencional, alcanzan renombre, admiración, reconocimiento y trascienden en el tiempo y la historia, en todos los órdenes de la sociedad humana, guiando, dirigiendo, creando, inventando, descubriendo y enseñando.

La vida es un milagroso don del Creador, un regalo inapreciable de incalculable valor que debemos reconocer, tomando conciencia de su valor, como filosofaba Michel de Montaigne: “El valor de la vida no está en la duración de los días, sino en el uso que hagamos de ellos, pues un hombre puede vivir mucho, pero a la vez, …muy poco”.

Inevitablemente llegará el día en que, preparados o no, una voz interior nos diga, con dolida convicción, que es el momento que el destino nos fijó para partir; quién sabe si a un ignoto vergel, a un anillo de la fatal ensoñación de Dante Alighieri, u ocupando un simple espacio en la tierra que nos acogió, y entonces agradeceremos al Creador que pergeñó mágicamente la vida y a nuestros padres que con amor nos engendraron y guiaron hasta encontrar un camino. Evocaremos a quienes amamos y a quienes nos amaron; recordaremos a maestros que nos enseñaron y amigos que nos acompañaron; pediremos perdón por quienes lastimamos y perdonaremos a quienes nos hayan ofendido y podremos entonces, con la conciencia en paz, entregarle al destino la vida dejando quizás la sensación de haber cumplido con el sabio aserto que propone que “Vivir se debe la vida, de tal suerte, que viva quede en la muerte”.

O para quienes no se sientan conformes con ese final, como dijera con ironía Truman Capote: “La vida es una buena obra de teatro, con un tercer acto mal escrito”.

Como final tal vez cabría la pregunta de por qué el Creador, con toda su omnipotencia e infinita sabiduría, permitió que el final de la Vida, su obra magna, lo escribiese el Destino.

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