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La transparencia

El Ciudadano | Montevideo
@|¿Por qué la transparencia es la única cura contra el monstruo de mil cabezas?

Nos encanta el romance de la indignación. Nos fascina sentarnos a diagnosticar el país en una mesa de café, diseñando soluciones magníficas, redactando constituciones ideales en la mente y decretando el bienestar por puro voluntarismo. Pero mientras nos ahogamos en teorías, la realidad nos da un bofetón en la cara; los que están sentados hoy en el poder, cómodos y blindados, están ahí porque la ciudadanía los votó. Esa es la incómoda y cruda verdad. Pretender arreglar la ignorancia cívica por decreto es el delirio de creer que si escribimos mil leyes nuevas, mágicamente el comportamiento humano va a cambiar. No va a cambiar. Las leyes no educan a un electorado; el papel aguanta todo, pero la realidad se lo fuma en pipa.

Entonces, viene la pregunta que desarma a los románticos. ¿Dónde está la solución? ¿En darle más poder al ciudadano? ¿Al mismo ciudadano que, por acción u omisión, votó exactamente lo que hoy tenemos? Por ahí no es, así no funciona. Empoderar a ciegas a quien no sabe qué está votando es solo acelerar el desastre. El verdadero problema no es que el ciudadano sea intrínsecamente incapaz; el problema es que opera en la más absoluta oscuridad.

Solo la transparencia radical puede despertar a un pueblo anestesiado; no necesitamos más discursos, necesitamos tres pilares quirúrgicos:

- Transparencia en el gasto con dientes:

Un Tribunal de Cuentas que no sea un decorado burocrático; si no hay consecuencias reales, multas severas y cárcel para el que malgasta o roba el dinero público, la fiscalización es un chiste. El órgano de control debe tener colmillos, no solo lapiceras.

- Voto nominal sin sábanas:

Hay que terminar con el contrabando de impresentables; las listas sábana permiten que tres tipos conocidos arrastren a cincuenta parásitos al congreso. El ciudadano debe votar personas, con nombre y apellido, haciéndose cargo de a quién sienta en la banca.

- Fin de la impunidad por mentira intencional:

En el sector privado, si estafas con falsas promesas, vas a juicio; en la política, la mentira es la moneda de cambio. Necesitamos tipificar la mentira intencional y sistemática como delito; el político que miente a sabiendas debe enfrentar castigos penales, no el escudo de los fueros.

Basta de romanticismo, basta de creer que sin luz podemos cambiar las cosas. Pretender controlar a la clase política poniéndole una “correa” regulatoria es una batalla perdida; la política es un monstruo de mil cabezas que, cuando le cortas una, le nacen dos. La única forma de vencer al monstruo no es pelear con él en la oscuridad, es prender la luz del estadio para que todos vean de qué está hecho. Sin transparencia absoluta, cualquier intento de reforma es solo cambiar de collar para seguir siendo el mismo perro.

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