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La trampa del relato

El Ciudadano | Montevideo
@|El sindicalismo que condena al trabajador que dice defender.

Como ciudadano independiente, asisto con una mezcla de indignación y profunda preocupación al último despliegue escénico del Pit-Cnt; el pasado miércoles 10/6, miles de uruguayos vieron alterada su rutina, perdieron horas de clase sus hijos y verán mermados sus ingresos por un paro general parcial.

Nos dijeron, desde un estrado cargado de retórica setentista, que es “por el pueblo” y por la “defensa del trabajador”.

Pero es hora de decir las cosas como son, sin eufemismos: estamos ante una gran mentira ideológica que utiliza a los trabajadores como carne de cañón para una agenda puramente política y desestabilizadora.

La dirigencia sindical actual opera bajo una lógica anacrónica, atrapada en los viejos dogmas de una Guerra Fría que el mundo superó hace décadas.

Cuando escucho al secretario general de COFE advertir que “si no hay un cambio rotundo, la cosa se va a tensar”, no puedo evitar ver un peligroso reflejo del pasado; es el mismo mesianismo, el mismo desprecio por la institucionalidad democrática y la misma soberbia que en los años 70 erosionó nuestra convivencia hasta arrastrarnos a una dictadura.

Hoy, con un signo de izquierda, pretenden aplicar la misma receta, tutelar al gobierno legítimamente electo mediante el chantaje del caos social.

Pero lo más grave no es solo el tono amenazante; es la falsedad de sus promesas; le mienten descaradamente al trabajador cuando le aseguran que se puede reducir la jornada laboral “sin pérdida salarial” por simple decreto.

Cualquier persona que maneje un almacén, un taller o una pequeña empresa sabe que si aumentas el costo de la hora trabajada sin un aumento real de la productividad, la cuenta simplemente no da; lo único que lograrán con este voluntarismo mágico es asfixiar a los que dan laburo.

¿El resultado?

El cierre de comercios, la informalidad y la pérdida masiva de fuentes laborales; el empleo no se crea firmando un papel en una mesa de negociación colectiva; se crea dando certezas económicas.

Exigir rigidez fiscal cero, un 6% del PIB para la educación a ciegas y el blindaje de empresas públicas ineficientes, mientras se mezcla la plataforma con proclamas geopolíticas sobre Cuba o Palestina, demuestra que el Pit-Cnt ya no es un sindicato: es un partido político frustrado que busca imponer por la fuerza lo que las urnas no le otorgaron.

A mí no me engañan, y espero que a los trabajadores tampoco.

Detrás de los carteles, las banderas y la supuesta “rigurosidad técnica”, lo único que hay es un intento de desestabilización que terminarán pagando los de siempre, el laburante que pierde el día, el comerciante que no vende y el país que frena su desarrollo.

Ya va siendo hora de que maduremos como sociedad y le digamos basta a este sindicalismo rancio que, en nombre de la justicia social, solo siembra el camino hacia la pobreza y la división.

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