Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|El editorial de El País del día 8 de marzo (“Prefiero mentir”) planteaba una preocupación y una advertencia que muchos compartimos: Cuando los que hacen política se burlan de la verdad y mienten descaradamente para conseguir votos y aprobaciones y luego incumplen, algo debe corregirse para que ello no se reitere una y otra vez y termine socavando la democracia.
El gran y principal problema es que:
A) Esto no es un mal simplemente interno, que le sucede únicamente a los uruguayos; es una enfermedad epidémica que se ha propagado en varias regiones y países del mundo. Quizás la diferencia está en que ciertos gobernantes fuera de fronteras tienen todavía un resto de pudor o de vergüenza, y procuran disimular u ocultar sus actitudes y expresiones cínicas y mentirosas con juegos de lenguaje o con una despersonalización de responsabilidades que intenta desviar las acusaciones, o como el tero, hacen ruido por un lado para esconder el nido que está en otro.
B) Lo peor está en las siguientes partes del problema: aquí dentro ya hemos pasado a la etapa de no ocultar más el recurso a la mentira y el engaño, sino que algunos se jactan de ello y lo consideran una ventaja y astucia que hay que no solamente preservar, sino pulir y mejorar para obtener cualquier tipo de objetivo. Aquello de que el fin justifica cualquier tipo de medios para lograrlo, se eleva a lo más alto de la actividad política y se enaltece como hazaña.
C) Ahora aparece lo tercero y más grave de esta tendencia falaz y engañosa de algunos políticos: ellos son los emisores del mensaje, pero del otro lado está la gran cantidad de receptores que lo aplauden. No se trata de aplicar la simple frase “Miénteme, que me gusta” sino que ahora se procura vivir en estado permanente la expresión “Hay que mentir siempre y a toda hora para lograr cualquier objetivo”. Aunque lleve tiempo, meses o años, hay que seguir mintiendo y engañando porque muchos receptores - a la corta o a la larga – no sólo lo comparten como filosofía de actuación política, sino que lo estimulan y festejan como si ese engaño y esas falsedades nunca los fueran a afectar a ellos; solamente van a afectar a los otros, a sus enemigos, a sus odiados adversarios. Es la vivencia y aplicación del más desgraciado y destructivo populismo, que ha dado resultados favorables durante un tiempo para quienes lo emplean, y desastrosas y trágicas consecuencias a la larga para quienes deben sufrirlo. Es la aceptación y el aplauso de la demagogia y la deshonestidad.
¿Soluciones para este triple problema? Educación. Sí, de nuevo y siempre educación. Educación integral que implica una visión global de toda persona humana que cubra su necesidad de buscar y encontrar la verdad y la belleza y para también hacer el bien. Educación que no es simple información de datos y conocimientos, sino ayuda y complemento para reconstruir valores y actitudes que han sino socavados, horadados, destruidos y reemplazados por disvalores como el desprecio por la verdad y por el bien. Educación que armonice lo intelectual con lo afectivo, lo ético, lo espiritual y lo físico. Para ayudar a promover a los hombres y mujeres de hoy en constructores de puentes y valores que restablezcan nuestra tradicional y verdadera identidad.
Si no transitamos ese camino, el otro que nos queda es el que sugiere Francisco Faig: irse al aeropuerto. Pero el cuarto problema sería: ¿para ir a dónde?