Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|¿Grieta o polarización? ¿En Argentina sí y en Uruguay todavía no?
Con respecto a la primera pregunta, en realidad, nadie tiene muy clara la diferencia. Y con respecto a la segunda, casi todos los países de Occidente exhiben, con distintas profundidades, una grieta, porque ella afecta a la civilización en su conjunto.
La gran ventaja que las sociedades occidentales avanzadas acusan ante el resto del planeta tiene dos tipos de fundamentos: milenarios los unos y decimonónicos los otros.
Los primeros hunden sus raíces en el decálogo de Moisés, en el humanismo griego, en el concepto cristiano de que todos los hombres somos hijos de Dios, en el derecho romano, en la Carta Magna, en el parlamentarismo y en una larga historia de crecientes limitaciones a los desbordes del poder político. Los segundos son casi su lógico corolario: la Revolución Industrial en lo económico y las revoluciones liberales en lo político. Dos realidades históricas que catapultaron a Occidente hacia la prosperidad y la libertad.
Pero la libertad inevitablemente alberga en su seno a sus propios enemigos.
En la segunda mitad del siglo XIX se forjaron los fundamentos teóricos de un pensamiento que atacó las bases del avance civilizatorio logrado en Occidente. En el siglo XX, totalitarismos de distinto signo los aplicaron bajo con el común denominador de procurar “la toma del cielo por asalto”. La grieta tomó la forma de dos guerras mundiales en las que murió más gente que la sumatoria de todas las anteriores. El nazifascismo fue derrotado y el comunismo se llevó el mayor trofeo del triunfo. La tercera guerra mundial fue “fría” y propagó la grieta por todo Occidente.
La doctrina comunista basa el progreso social en el fomento y radicalización de la grieta. De lo contrario, ¿qué otra cosa son el odio y la lucha de clases? Y en la versión posmarxista de la doctrina, ¿qué otra cosa son el fomento y la radicalización de los antagonismos? Occidente decae y la grieta lo divide. A tal punto es así, que aberrantes sentimientos como el antisemitismo germinan en las universidades norteamericanas. A tal punto es así, que las visiones radicales del feminismo, del ambientalismo, del indigenismo, del movimiento de la diversidad sexual, del fenómeno afro y del animalismo se levantan contra el Occidente que consagró los derechos de la mujer, la libertad sexual y eliminó los privilegios de sangre; el Occidente basado en la familia heterosexual, en la empresa privada, en el trabajador libre, en la tolerancia de todos los cultos, y en el respeto a los proyectos de vida individuales.
Esos radicalismos se levantan contra la región del globo que más ha avanzado en la superación de las rémoras civilizatorias que nos llegan desde la noche de los tiempos.
En el afán de profundizar su grieta confrontativa, terminan por solidarizarse con el terrorismo, el racismo, el odio al gay, el menosprecio a la mujer, el supremacismo expansionista, las teocracias y las dictaduras.
En nuestra patria, un 41% de la opinión pública se muestra favorable a una reforma constitucional que da por tierra con el Uruguay que conocemos. Para el líder de la central sindical que patrocina la reforma, quienes no están de acuerdo con ella son “ratas en el queso”. ¿Algo más necesitamos para advertir la profundidad de la grieta que nos afecta? Porque ante una invasión de ratas, lo que se recomienda, es su exterminio por envenenamiento. Pero, además, el segundo partido más votado de la coalición política que lidera las encuestas de opinión pública considera que Venezuela tiene un proceso electoral ejemplar. El Frente Amplio se niega a reconocer en Venezuela lo que realmente es: la feroz dictadura de un grupo de delincuentes que se apoderaron del Estado agitando consignas revolucionarias y antiimperialistas que nadie cree.
Como siempre ha pasado, ante los fenómenos sociales degradantes, hay gente que prefiere negarlos. No olvidemos que el negacionismo es también una forma de complicidad.