Email: ecos@elpais.com.uy Teléfono: 2908 0911 Correo: Zelmar Michelini 1287, CP.11100.

La discapacidad

Nicolás Tauber | Montevideo
@|La discapacidad es una suerte de examen moral que todos los ciudadanos deberíamos rendir como materia de vida. Estamos tristemente viviendo una época de desconexión social,que vuelve a la población cada vez más egoísta y poco empática con el otro. Y ese otro, puede ser un abuelo, un hijo, un vecino, un amigo, tu compañero; ese… ese puedo ser yo.

Hoy no voy a hablarles de leyes, ni de artículos, ni de normativas. Hoy quiero hablarles desde adentro. Quiero invitarlos a caminar conmigo, y experimenten en mi propia piel esa etiqueta que nos pone la sociedad a lo diferente, a los “disfuncionales”: las personas discapacitadas.

De hecho no estoy a fin con ese término, prefiero que nos llamen por nuestro nombre, o que si nos quieren poner una etiqueta que sea la de “persona con capacidades diferentes”.

Retomando mi día, y sin ánimos de alargar mi discurso, les quiero narrar desde mi óptica un día cualquiera para una persona con capacidades diferentes en Uruguay.

Mi día empieza antes de salir de casa. Me despierto y lo primero que siento no es sueño: es la ansiedad de anticiparme frente a un escenario de obstáculos a los que me enfrentaré durante el día.Obstáculos físicos para mi cuerpo que ni vos, vos, o de pronto incluso vos lo viven, o tendrán la fortuna de vivirlo.

Me levanto despacio y aunque no lo crean algo tan sencillo como levantarme de mi propia cama es una lucha. Luego hago mi rutina, como cualquier persona y cada pequeña acción que para muchos es automática —como lavarse los dientes, bañarse, vestirse— para mí es una prueba de destreza que requiere tiempo, energía y, muchas veces, de apoyo. Pero bueno, lo hago, a buenas, a malas.

Luego la vida dura empieza cuando salís a la calle. Y ahí, ahí es donde todo se vuelve una carrera de resistencia.

Abro la puerta y lo primero que veo es la vereda. O lo que debería ser una vereda montevideana. Baldosas rotas, autos estacionados donde no deberían, rampas mal hechas, personas ocupando dichas rampas, o directamente inexistentes en lugares de cruce. Antes de avanzar un metro ya tengo que elegir: ¿arriesgarme a pasar por donde no se puede, o bajarme a la calle y esperar que ningún auto venga demasiado rápido y me lleve puesto? ¿Está realmente adaptado nuestro sistema de tránsito y peatonal para personas con discapacidades motrices? No lo creo…

Pero bueno, sigo. Llego al transporte público para llegar en hora a la Universidad. Si necesito un ómnibus accesible, tengo que esperar… y esperar… y esperar. Porque son pocos los sistemas de transporte en Uruguay que cuentan con este sistema de acceso. A veces la rampa funciona, pero a veces no, o no hay nadie que quiera cooperar con la ejecución para que me suba o baje. Y si tengo que llegar puntual o atender un trámite… bueno, la discapacidad termina pareciendo que es culpa mía para colmo.

Entro a un edificio público. En la puerta hay un escalón. “Es solo uno”, me dicen. Pero un escalón es suficiente para convertir un derecho en un imposible. A veces está el ascensor, pero no funciona. O funciona, pero no tiene botones en Braille. O sí los tiene, pero nadie explicó a los funcionarios qué hacer si alguien necesita apoyo.

Volvemos a la calle. Las señales no están adaptadas, los baños accesibles están ocupados, los comercios no tienen rampas, las escuelas no tienen recursos, los trabajos no están formados, y la ciudad está diseñada como si yo no existiera.

Y no es que no haya leyes. Las hay. Uruguay las tiene. Pero mi cuerpo no transita leyes: transita calles. No sube decretos: sube escalones. No se choca con palabras: se choca con barreras.

Cuando vuelvo a casa, cansado no solo por lo que hice, sino por todo lo que tuve que sortear para hacerlo, me pregunto cuántas de estas dificultades son inevitables —y cuántas son simplemente desinterés, falta de prioridad, falta de empatía.

Terminó el día como lo empecé: pensando. Pensando en cómo sería mi vida si la accesibilidad no fuera un privilegio ocasional, sino una realidad profunda. Pensando en cómo sería si las leyes se cumplieran, si la infraestructura acompañara, si el sistema realmente me reconociera como ciudadano pleno.

No quiero lástima. Quiero que vean. Quiero que escuchen. Quiero que entiendan que lo que llamamos “discapacidad” muchas veces no está en el cuerpo, sino en el entorno.

Porque cuando la ciudad te incluye, la discapacidad pesa menos. Pero cuando la ciudad te excluye, cada paso pesa el doble.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar