Eduardo Sellanes Iglesias | Montevideo
@|Hablar de Platón no es solamente mirar hacia la antigua Grecia. Es, en realidad, mirar un espejo incómodo del presente. Porque muchas de las preguntas que él se hacía hace más de dos mil años, siguen golpeando hoy con la misma fuerza:
¿Quién debe gobernar? ¿Para qué se ejerce el poder? ¿Qué ocurre cuando quienes gobiernan dejan de lado los valores esenciales?
Para Platón, el poder no podía transformarse en un instrumento de ambición personal. Gobernar implicaba una responsabilidad moral. El dirigente debía tener preparación, equilibrio, prudencia y, sobre todo, sentido de justicia. Por eso desconfiaba profundamente de aquellos que buscaban el poder solamente por prestigio, dinero o influencia.
En La República advertía que las sociedades comienzan a deteriorarse cuando la corrupción moral penetra en quienes las conducen. Y quizás allí aparece una de las reflexiones más actuales de su pensamiento.
Hoy vivimos en un tiempo donde la corrupción parece haberse vuelto parte del paisaje cotidiano. Prácticamente todos los días aparecen denuncias, investigaciones o escándalos vinculados al poder político o a sus entornos. A veces son favores indebidos. Otras veces tráfico de influencias, acomodos, utilización del Estado para beneficios particulares o manejos poco transparentes de los recursos públicos.
Pero tal vez lo más grave no sea solamente la corrupción en sí misma. Lo verdaderamente alarmante es que lentamente nos estamos acostumbrando.
La noticia estalla, ocupa titulares durante algunos días, genera indignación momentánea y luego desaparece. A las pocas semanas surge otro episodio y el anterior queda enterrado bajo una nueva ola informativa. La sociedad parece entrar en una peligrosa resignación donde lo anormal comienza a verse como normal. Y cuando una sociedad se acostumbra a la degradación ética del poder, comienza también a perder sensibilidad frente a la injusticia.
Platón sostenía que un Estado no se destruye únicamente por enemigos externos. Muchas veces empieza a quebrarse desde adentro, cuando quienes deben cuidar las instituciones dejan de sentir respeto por ellas.
Cuando la política deja de ser servicio y se convierte en negocio. Cuando el poder deja de entenderse como responsabilidad y pasa a verse como privilegio. El problema no pertenece solamente a un país ni a un partido político. Es un fenómeno mucho más profundo y extendido. En distintas partes del mundo vemos dirigentes obsesionados por conservar espacios de poder aun a costa de dividir sociedades, degradar el debate público o alimentar enfrentamientos permanentes. Mientras tanto, los valores que deberían sostener la vida democrática —la honestidad, la ejemplaridad, la decencia y el compromiso con el bien común— parecen retroceder cada vez más.
Quizás por eso volver a leer a Platón no sea un ejercicio académico lejano, sino una necesidad contemporánea. Porque detrás de sus ideas hay una advertencia que sigue vigente: ninguna sociedad puede sostenerse demasiado tiempo si pierde el sentido moral del poder. Y quizá el día más peligroso para una democracia no sea aquel en que aparece un corrupto, sino aquel en que la sociedad deja de escandalizarse frente a la corrupción.
Porque cuando un pueblo se acostumbra a la degradación del poder, comienza lentamente a degradarse a sí mismo. Y las sociedades no mueren solamente cuando pierden riqueza o poder. Empiezan a morir cuando pierden la capacidad de distinguir entre lo digno y lo indigno, entre la honestidad y la corrupción, entre el servicio público y el aprovechamiento del poder.