Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Es cómodo y seductor señalar con el dedo hacia arriba la narrativa de que “todos los políticos son malos” y que el mal absoluto reside en una “casta” corrupta; esto se ha convertido en el último grito de la moda cultural.
Satisface una necesidad primaria: la sed de venganza, nos ofrece un enemigo visible, un culpable perfecto a quien achacar las frustraciones de una sociedad que prefiere la catarsis del insulto antes que la incomodidad de la autocrítica.
Pero cambiar una cara por otra en el trono no cambia la estructura del edificio; es una ilusión infantil creer que sustituyendo a la clase política actual por una nueva, honrada, de “iluminados” o “puros”, el problema quedará resuelto.
Quienes caen en esa trampa ignoran una verdad incómoda pero fundamental, la clase política no es un meteorito caído del cielo; es el producto directo, el reflejo exacto y la caricatura fiel de la sociedad que la engendra.
Todos, de una forma u otra, hacemos política.
La hacemos con la militancia fanática, con el activismo independiente, pero también con la apatía, con la trampa cotidiana, con el voto de revancha y con la ignorancia deliberada.
Acusar al producto final, al político de turno o al gobierno que no se alinea con nuestros intereses individuales, mientras evitamos mirar nuestra propia responsabilidad en el engranaje, es un acto de soberbia colectiva.
Tenemos, exactamente, lo que merecemos.
El verdadero enemigo nunca ha sido un grupo de personas con nombre y apellido; el verdadero enemigo es el sistema.
Un sistema político es la cristalización de una moral y una educación temporales; cuando esas normas quedan obsoletas, atrapan la lógica y secuestran la razón, desplazando al más elemental de los sentidos: el sentido común.
Las instituciones actuales están diseñadas para incentivar la confrontación, premiar la demagogia de corto plazo y perpetuar una dinámica de cúpulas que alimenta, precisamente, los vicios que luego pretendemos combatir desde la tribuna.
El fanatismo busca culpables; la inteligencia busca soluciones institucionales.
Seguir alimentando el odio contra la dirigencia mientras se mantiene intacto el texto constitucional que les otorga el poder es una contradicción aberrante, es el triunfo de la ignorancia sobre la estrategia. La Reforma Constitucional 2029 no es una bandera de un partido, ni un capricho de independientes, ni el botín de los oportunistas de siempre. Debe ser la herramienta con la que el sentido común irrumpa en la arquitectura del Estado.
Modificar la Constitución significa redefinir las reglas del juego para que el sistema deje de premiar la casta y empiece a exigir representatividad, límites al poder y rendición de cuentas real.
No se trata de cambiar de jugadores; se trata de cambiar el tablero; romper el ciclo de la venganza exige madurez democrática; dejar de actuar como espectadores indignados para convertirnos en arquitectos de nuestro propio marco normativo.
La Reforma 2029 es la oportunidad de superar el espectáculo de la antipolítica y construir, mediante la norma suprema, un sistema institucional a la altura de la razón.
La clase política
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