Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|De este tema se ocupa la editorial de “El País” del jueves 18 de junio. En particular se argumenta la no aplicabilidad del término a nuestra clase política, habida cuenta de las notorias diferencias en cuanto al grado de corrupción, a nuestra consabida austeridad republicana y en lo que refiere a la auténtica representatividad de la ciudadanía.
Aún admitiendo la realidad de esos extremos que se le asignan a nuestra clase política, debemos advertir que ninguno de ellos es esencial al concepto de “casta”. El término, si bien ha sufrido sesgos y ampliaciones de su acepción original, conserva su elemento esencial que consiste en la impermeabilidad de un grupo social, al punto tal que no se puede ingresar ni egresar de una casta por mérito, talentos o riquezas. Atendiendo a esta característica el término no puede aplicarse a la dirigencia política en ninguna de las dos márgenes del Plata. Más allá del diferente grado de corrupción o de la función política que debe cumplir el colectivo al que nos estamos refiriendo y su mayor o menor desnaturalización en cada orilla, lo cierto es que las dirigencias políticas tanto de Argentina como de Uruguay son eminentemente permeables. Por lo tanto ni acá ni allá podría en rigor hablarse de “casta política”. Lo que hay sí es otra cosa y nos iguala mucho más de lo que desearíamos.
Resulta difícil encontrar un término que exprese con claridad el fenómeno que quiero abordar pero si tuviera que definirme por uno, elegiría el de “cártel populista”. La palabra cártel tiene su origen en economía y refiere a empresas que teóricamente compiten entre sí pero que en los hechos, acuerdan precios y reparten mercados. La competencia aparenta ser feroz, pero finalmente priman los acuerdos, por más que a veces no se expliciten. Los cárteles suelen ser dirigidos por empresas líderes que marcan las reglas del juego. Las demás deberán adoptarlas, respetarlas o sucumbir. Los cárteles se rompen cuando en el mercado irrumpe una empresa innovadora que desafía su poder monopólico, soporta la guerra de precios a la que es sometida y en función de su mejor propuesta, resulta triunfante.
Hagamos el paralelo a nuestra política. Los partidos integrantes de la CR tienen valores fundacionales inspirados en el liberalismo. En algunos, prima el liberalismo político sobre el económico, otros aspiran a un liberalismo más integral. En la formación de los cuadros del FA prima el socialismo real ya sea el marxista ortodoxo o el neo marxismo gramsciano, con el común denominador leninista en cuanto a la estrategia política para tomar el poder. Ambos extremos ideológicos simulan una rivalidad cuya autenticidad sólo se da en ideales paradigmáticos, lejos de la competencia por conquistar el mercado electoral. Cuando de eso se trata, el producto ofrecido es lo que el mercado demanda y se llama populismo. Esto es: atender demandas tan cortoplacistas como nefastas y distantes de un modelo de desarrollo económico auténtico y sustentable.
El líder de este cartel es el FA porque es el que marca las reglas de juego a las que, en los hechos, se avienen los demás. El liberalismo es contrario a la dádiva estatal, al gasto, al déficit, a la asignación política de los recursos. Sucede que la estrategia socialista impone ese camino como método de destruir un sistema que no acepta aunque ya se admita que no existe sustituto adecuado. En consecuencia, el leninismo impone su camino, crea vacas sagradas intocables, establece los límites del campo en donde se enfrentan las propuestas de gobierno, hace las preguntas (incorrectas) antes que los demás adviertan la trampa en que se va cayendo.
En economía, las empresas cartelizadas intentan prestigiarse extrayendo mandos medios que han revistado años en la empresa líder; con frecuencia usan logos similares y cualquier acercamiento a su rival es prestigiante.
En política… cualquier parecido con esta realidad… el lector advertirá. Esta descripción es aplicable a la vecina orilla hasta que apareció una “empresa” con un producto genuino, renovador (una motosierra) con el que se atrevió a medirse con todos los rivales cartelizados. Y ganó. Acá estamos lejos. El cartel goza de buena salud.