Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Las formaciones sociales que en nuestros días están a la cabeza del proceso civilizatorio se construyen sobre dos grandes pilares fundamentales: la democracia liberal en lo político y la economía de mercado en lo económico. Cualquier intento de organizar la sociedad en violación a estos fundamentos, deriva más temprano que tarde hacia regímenes despóticos en cualquiera de sus modalidades y se alejan del anhelado desarrollo humano.
Para el buen funcionamiento tanto del mercado como de la democracia, resulta necesario consagrar la libertad sindical, que no es más que una faceta de algo más amplio: la libertad de asociación. En particular, los sindicatos de trabajadores unifican las aspiraciones laborales de un universo de personas que, de no estar asociadas, daría lugar a una atomización que dificultaría la negociación de las partes en el contrato de trabajo. No son organizaciones con fines políticos, sino reivindicativos en el orden laboral. La democracia canaliza y encauza los objetivos políticos de la ciudadanía mediante otra institución: el partido político.
El intento de pugnar para que la lucha de los trabajadores (en tanto tales) derive hacia fines políticos corresponde a Lenin, quien despreciaba por “reformistas” las reivindicaciones meramente económicas del proletariado. Y lo hacía porque ellas buscaban acomodar al obrero en el funcionamiento de un orden social (la economía de mercado o capitalismo) que, en el marco de su ideología, resultaba indispensable derribar y sustituir por otra formación económico social: el socialismo real. En ese orden de ideas, va de suyo que las consignas políticas del proletariado no resultaran funcionales al orden económico imperante, ya que su destrucción era el objetivo final de la lucha, tras la cual sobrevendría el socialismo.
Desde 1917 hasta nuestros días, una y otra vez se ha constatado hasta el cansancio, que el socialismo real no existe o que, en el mejor de los casos, constituye un bochorno humano que nadie desea. En consecuencia, la izquierda que no ha asumido este golpe ha caído en un vacío de propuestas alternativas, lo que no impide que muchos sectores (la dirigencia del PIT CNT) permanezcan por inercia fieles a la estrategia leninista. Reducir la jornada laboral a 6 horas y reformar el sistema jubilatorio reduciendo la edad de retiro a 60 años conduce al caos social destruyendo el único orden posible de funcionamiento económico. Pero ahora sabemos que, desde las cenizas de ese incendio, no surgirá el “Ave Fénix” del socialismo. Esta lógica incuba propuestas disparatadas e irresponsables, que persisten en dinamitar las bases del funcionamiento social sin una alternativa viable de algo nuevo y mejor. Al agotarse en su faz destructiva y tal vez sin proponérselo, van conformando una verdadera “Antipatria”.