Isidoro Felcman | Maldonado
@|La orquesta tocaba un vals lento, como si quisiera inmovilizar el tiempo. Bajo la luz tenue de las lámparas, los pasajeros de primera clase giraban con elegancia, copas de champagne en mano, sonrisas livianas, perfumes y seda flotando en el aire frío de la noche atlántica. La cubierta era un salón suspendido entre estrellas: voces suaves, pasos medidos, la ilusión intacta de una travesía perfecta. Y mientras los vestidos rozaban la madera al compás de la música, el agua irrumpía con furia salvaje en la sala de máquinas, escribiendo en silencio el final de la fiesta. El choque contra el iceberg, apenas percibido sobre esa cubierta mágica, ya era una realidad todavía inconsciente, pero implacable.
Hoy, José Ignacio se parece a esa cubierta.
En la superficie, todo parece armónico: el mar, las playas, los bosques, los festivales de cine y música, los restaurantes gourmet, las galerías de arte, la vida bella y apacible que las revistas de turismo y de moda exhiben como postal aspiracional. Quienes viven allí y quienes veranean, buscan tranquilidad, escala humana, la sensación —cada vez más rara en el mundo— de habitar un lugar donde todavía se puede caminar sin prisa, ver las estrellas de noche, respirar buen trato y silencio. “Aquí lo único que corre es el viento”, una frase emblemática que condensa el espíritu del lugar, una identidad construida durante décadas y que pretende preservarse hacia el futuro.
José Ignacio es —y quiere ser— un territorio de mar, playa, campo y bosques, construido a escala humana, donde una comunidad participativa vive y trabaja en orden, armonía y seguridad, cuida un ambiente de alta naturalidad y se desarrolla de manera sostenible a través de servicios turísticos y culturales de calidad internacional.
No es solo un balneario: es un activo estratégico para toda la costa Este uruguaya, un caso único de alta naturalidad preservada, un símbolo de calidad territorial, humana, cultural y paisajística.
Sin embargo, mientras la música suena y la temporada celebra, por debajo, la infraestructura física, ambiental y social cruje: saneamiento colapsado, agua potable con insuficiencia de oferta; humedales taponados con nuevas construcciones; red eléctrica frágil con cortes frecuentes por exceso de consumo o eventos climáticos; servicios médicos escasos para atender emergencias; una convivencia alterada por excesos de música a todo volumen y ruidos de obras en temporada turística, sin controles de inspección. Servicios pensados para un pueblo que ya no existe.
En 2011, había 300 habitantes permanentes. En 2023 1.000. En el verano, la población se multiplica por diez. Diez mil personas con infraestructura para trescientas. La presión ambiental, habitacional y poblacional —impulsada por una urbanización acelerada— continúa de manera silenciosa pero constante. En los próximos años, más de seis mil nuevos lotes de terreno saldrán al mercado en un territorio sin infraestructura necesaria para semejante expansión. Esto no responde a una visión estratégica de largo plazo, sino a algo más simple y letal: la codicia empresaria, en este caso impulsada por la voracidad inmobiliaria, que pretende transformar un patrimonio natural, cultural y simbólico en una oportunidad de rentabilidad inmediata.
Viene acompañado de excepciones normativas que continúan alimentando un desarrollo urbano insostenible, cuando no obsceno: viviendas plurifamiliares en bloque, talado de bosques para sustituir oxígeno por cemento, autorizaciones para construir dentro de la franja de protección costera de los 150 metros, humedales que se secan para alimentar bonitas fuentes en barrios cerrados, acceso a las playas restringido. ¿Qué más?
Sigamos bailando sobre la cubierta del Titanic. La música suave envuelve nuestros espíritus y nos movemos al ritmo de un vals vienés. Los eventos se multiplican, las fotografías circulan. Pero por debajo —donde no se sacan selfies ni se imprimen brochures— el agua sigue entrando. No por accidente, sino por una tormenta perfecta compuesta por falta de visión estratégica, ausencia de planificación, un modelo de desarrollo solo orientado al negocio inmobiliario como generador de empleo y una tolerancia a la sobreexplotación de un territorio natural finito.
Cuando la música se detenga, ¿quedará algo del lugar que hizo posible esta belleza? Porque tengamos en cuenta que, incluso el vals más elegante, termina abruptamente cuando el agua alcanza la cubierta.