Daniel Curbelo | Maldonado
@|La palabra “nativo” evoca el sentido de pertenencia a una tierra, pero hoy adquiere una urgencia dramática en nuestro departamento. Sobre la Ruta Sainz Martínez de Maldonado, los nuevos desarrollos inmobiliarios están transformando el paisaje de forma implacable. Kilómetros y kilómetros de alambrados electrosoldados, de dos metros de altura y profundamente enterrados, han sido desplegados para seccionar el campo literalmente en dos.
Mientras el foco público y la normativa ambiental suelen detenerse en la protección de las aves, surge una pregunta ineludible: ¿alguien se preocupa por los mamíferos nativos de nuestros campos?
La fauna autóctona no entiende de catastros ni límites privados. Especies que durante generaciones han transitado libremente por bañados, pastizales y montes —la mulita, el zorro, el guazubirá, el oso hormiguero, el gato montés, el carpincho, el lobito de río, el coatí, la comadreja o los zorrinos— hoy se enfrentan a una barrera infranqueable.
Este cerramiento perimetral masivo genera consecuencias devastadoras. En primer lugar, provoca una severa fragmentación poblacional: los animales quedan aislados en porciones reducidas de tierra, lo que impide la libre búsqueda de alimento, refugio y reproducción, condenando a las poblaciones al aislamiento genético. Asimismo, actúan como trampas fatales que cortan corredores biológicos históricos, dejando a la fauna sin rutas de escape frente a emergencias como incendios o inundaciones.
Hacer urbanismo no debería implicar la destrucción sistemática del hábitat que da identidad a nuestros paisajes. La instalación de estructuras industriales sin pasos de fauna, sin estudios de impacto ambiental rigurosos que contemplen a los cuadrúpedos y sin una visión ecológica integral convierte al campo en un archipiélago de parcelas incomunicadas. La tierra no es solo un activo financiero o un espacio para lotear; es un ecosistema vivo e interconectado.
Si continuamos ignorando a los mamíferos que sufren este encierro, el “progreso” de la zona se pagará con el vaciamiento definitivo de nuestra biodiversidad. La pregunta sigue abierta y exige una reflexión urgente de autoridades, desarrolladores y vecinos: ¿seguiremos mirando hacia otro lado mientras el alambre cercena silenciosamente la vida silvestre de nuestros campos?