Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|A los ciegos defensores del régimen iraní.
Una dictadura teocrática sanguinaria que aplasta a su propio pueblo bajo el yugo de una interpretación fanática del islam chiíta.
Un Estado que sobrevive asesinando a cualquiera que ose levantar la voz contra sus verdugos; miles ejecutados en protestas, torturados en mazmorras ocultas.
Donde las mujeres son tratadas como propiedad de los hombres, obligadas al velo bajo amenaza de violación, tortura o muerte, sin derechos reales ni voz propia, víctimas de un patriarcado medieval disfrazado de religión.
Donde el fanatismo religioso ahoga toda razón, toda libertad, toda humanidad, imponiendo dogmas que convierten la disidencia en herejía mortal.
Donde el régimen financia armas y entrena a grupos terroristas que siembran muerte en todo Oriente Medio: Hezbollah, Hamás, hutíes... , aliados en una guerra santa contra el mundo libre.
Donde los derechos humanos son un chiste macabro, torturas sistemáticas, desapariciones, ejecuciones masivas (más de 2.000 en 2025, la peor cifra en décadas), prisiones convertidas en mataderos, impunidad absoluta para los verdugos del régimen.
Y donde el régimen aplica, o amenaza con aplicar la pena de muerte a los “infieles”, apóstatas que abandonan el islam (conversos al cristianismo, ateos, disidentes religiosos), minorías no reconocidas como los bahá’ís, y cualquiera que se atreva a profesar otra fe o ninguna. Bajo cargos vagos como “moharebeh” (enemistad contra Dios) o “fisad fil-arz” (corrupción en la tierra), los jueces del régimen sentencian a muerte a quienes rechazan su dios impuesto, mientras el valor legal de la vida de un no musulmán es inferior y sus iglesias clandestinas son allanadas, sus Biblias confiscadas y sus líderes ejecutados o encarcelados de por vida; una cacería religiosa que no cesa, intensificada en 2025-2026 con arrestos masivos y ejecuciones por “herejía”.
¿Cómo puede alguien que vive en una democracia, con libertad de expresión, igualdad de género, separación iglesia-estado, defender, minimizar o callar ante este infierno medieval?
¿Hasta dónde llega la ceguera ideológica, el odio visceral de cierta izquierda que prefiere aliarse con teócratas asesinos solo porque odian más a Occidente, a Israel o al capitalismo, ignorando que esa “alianza” es un pacto con el diablo?
¿Quién se atreve a marchar por “derechos humanos”, “justicia social” o “libertad” mientras aplaude, o guarda silencio cómplice, ante un régimen que niega todos los derechos, que mata por creer diferente, que ejecuta por pensar libremente?
Esto no es “antiimperialismo”. Esto es complicidad con barbarie pura y dura.
Esto no es relativismo cultural. Esto es traición a los valores universales que supuestamente defienden; una puñalada por la espalda a los disidentes iraníes que mueren por libertad.
Los iraníes que luchan dentro, mujeres que se quitan el velo a riesgo de todo, jóvenes que gritan “Mujer, Vida, Libertad” en las calles ensangrentadas, conversos que arriesgan la muerte por su fe, merecen solidaridad real, no excusas ideológicas cobardes.
Basta de hipocresía asquerosa.
Basta de ignorancia selectiva que pudre el alma.
El régimen iraní es un cáncer moral que metastatiza odio global. Quien lo defienda, lo lleva en la conciencia y en la historia como traidor.
Hay que poner una barrera constitucional, un muro impenetrable que nos proteja y deje afuera la apología y defensa de cualquier régimen que infecte nuestra democracia con el odio, el fanatismo religioso y la ignorancia; porque si no, esa plaga nos devorará desde adentro.