Humanovirus

@|A medida que vamos mensurando nuestros peones caídos en este ajedrez contra la pandemia, nos hemos dado cuenta, por ahora, que lo mejor es salir del tablero y guardarnos en la cajita de piezas. Allí, mezclados las negras con las blancas, el rey con el peón, el alfil con el caballo o la reina con la torre, nos preservamos de nuestro nuevo enemigo, y digo nuevo, porque estamos acostumbrados a que nuestro enemigo es el otro color. Y, sin embargo, fuera del tablero y dentro de la cajita de piezas, el otro color también soy yo, vos, cualquiera. Y que en definitiva y paradójicamente, la diferencia de colores no nos diferencia.

Pero quizás y espero, que allí, dentro de la cajita de piezas, podamos tener la cuota de memoria suficiente para recordar que en la Segunda Guerra Mundial murieron, en aquel pandémico tablero y en seis años, sesenta millones de piezas, diez millones por año. Y no, no fue ninguna pandemia, ningún virus, ninguna enfermedad incontrolada. Fuimos nosotros, nosotros mismos.

Hoy, cuando lógicamente no hay otro tema expuesto en los medios que nuestro común enemigo, silencioso e invisible, dentro de nuestra cajita de piezas, sería bueno tener presente las imágenes aún frescas de ese y de tantos otros holocaustos que fuimos capaces de infringirnos.

Pese a esos dolorosos recuerdos, seguimos viendo, cada aniversario patriótico de los colores más poderosos del mundo, sus desfiles militares, portando misiles kilométricos, formaciones coreográficas que han ensayado durante meses el ritmo marcial de sus tropas, pavoneando el poderío letal que poseen para seguir matando piezas de otro color, por las dudas que el otro color no mate las suyas.

Cuando escuchamos que hay "ensayos nucleares con éxito", que significa eso, digo, el éxito. ¿No nos damos cuenta? ¿No tomamos consciencia que el humanovirus mata más que cualquier pandemia? ¿De qué sirvieron los 800.000 muertos sirios de la última barbarie? Me pregunto qué compramos a tan alto precio. O antes Vietnam, o Sarajevo, o la violencia diaria de la delincuencia y los femicidios.

Desde la época de la creación, la especie, que está por encima de las piezas que la integran, se ha encargado de crear las anatomías sistémicas más injustas y salvajes para la organización de lo que llamamos civilización. ¿Será justamente para crear el desencuentro y la colisión de sus integrantes, en la certeza de que, en los peores momentos se lograron los mayores adelantos? ¿Será la forma que encontró la especie para preservarse y evolucionar?. No. No olvido mi actual lugar en la cajita de piezas.

Y el día que salga, solo espero ver desfiles portando enormes antibióticos y vacunas, tanques electrónicos para combatir el cáncer, camiones de alimentos para combatir el hambre, municiones solidarias para combatir la ambición y el egoísmo.

Escucho decir, por la rendija de la cajita de piezas, que, después del coronavirus ya nada será igual. Quizás hemos precisado un enemigo mutuo a todos nuestros colores para sumarnos y no restarnos, para multiplicarnos y no dividirnos. Para amarnos y no odiarnos. Para mezclarnos y pintar nuestras veredas, calles y casas con los alegres colores que nos hacen propios a todos. Tirar de una buena vez el tablero a la basura y ver, en el otro, otra, a un semejante, a vos mismo, a mi mismo... a nosotros mismos.. y no otra cosa.

De nosotros depende, mirá qué fácil. Pero por ahora, salí del tablero, en él sos un muerto o un asesino, una víctima o un victimario, en definitiva como siempre. Por eso metete en la cajita de piezas, ámate y ama a tus semejantes, pero pensá, pensá... sí, pensá y date cuenta, que tomar consciencia es la mejor manera de que cuando salgas de la cajita de piezas tires realmente el tablero y enfrentes a la peor pandemia de la especie... el Humanovirus.

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