Dr. Edison González Lapeyre | Montevideo
@|Al General Fructuoso Rivera se le recuerda, sobre todo, por haber sido Lugarteniente del padre de la Patria, el General Artigas, y por sus victorias militares entre las que se destacan: Guayabos, Rincón, Sarandí, Cagancha y su extraordinaria campaña de las Misiones.
Su trayectoria ha sido objeto de elogios y de críticas, pero lo que es indudable es que tuvo un rol preponderante en la génesis de la República Oriental del Uruguay, no sólo por condición de caudillo y de militar victorioso sino, también, por otras razones que, en general, han quedado en el olvido.
En una carta anterior hice referencia al acuerdo de Ibereambá o Ibereabasubá, celebrado el 25 de diciembre de 1828, por virtud del cual el General Fructuoso Rivera al oponerse de bajar con su ejército hasta el río Arapey y transar con el representante del Imperio del Brasil General Barreto de hacerlo sólo hasta el Cuareim, evitó que todo el territorio al Norte del Arapey quedara bajo jurisdicción brasileña.
Por su importancia, lo he calificado como el primer tratado de límites celebrado por el Uruguay como Estado independiente, que había surgido unos meses antes con la Convención Preliminar de Paz.
En la carta de hoy, voy a referirme a la incidencia que tuvo el General Fructuoso Rivera como primer Presidente de la República en el desarrollo del puerto de Montevideo.
Como destaca J.M.Fernández Saldaña, en la Historia del Puerto de Montevideo (Montevideo 1939, p.58), Rivera asumió con particular interés el promover a nuestra principal terminal portuaria; y su gobierno suscribió el 8 de febrero de 1833, un acuerdo con el técnico hidráulico francés el Ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, procedente de Buenos Aires, para que el mismo elaborase “un informe circunstanciado y formal acerca de la bahía de Montevideo y la posibilidad de construir en ella un puerto de abrigo”, pactando a esos efectos una remuneración de mil pesos.
El informe elevado el 15 de marzo por Pellegrini al Poder Ejecutivo fue de excelente nivel; proponiendo la construcción de un nuevo muelle y adjuntando un plano descriptivo de las obras que entendía se debían llevar a cabo.
Conforme a lo aconsejado por el mismo, el gobierno del Presidente Rivera acordó la compra de una draga a vapor a una empresa británica en la suma de 40.000 mil pesos, que llegó desarmada a Montevideo en noviembre de 1835 y comenzó a operar un año después.
Como destaca Eduardo Acevedo (Anales Históricos del Uruguay, Montevideo 1933, T. I, p.421), esa draga tenía la capacidad de extraer 200 toneladas de fango, arena o cascajo en cada hora de trabajo y cavar hasta la profundidad de 24 pies.
Pero además del informe del Ing. Pellegrini, que podríamos calificar como el primer plan Maestro portuario de nuestro país, el gobierno del Presidente Rivera procedió a realizar obras de balizamiento de bancos del Río de la Plata y del Río Uruguay y de regular lo relativo a los prácticos “creando una sociedad de ocho pilotos de mar y río que serían designados previo examen de comparecencia ante un Tribunal especial” (Acevedo, ibidem).
El general Fructuoso Rivera, en el lapso en que se desempeñó como Presidente de la República, realizó cambios sustanciales promoviendo el desarrollo del puerto de Montevideo de manera significativa.
La comparación con lo que acontece en nuestros días, con el enorme desarrollo tecnológico que ha habido y la ineptitud que campea, es realmente impactante.