Néstor Lioret | Montevideo
@|Viajar por las excelentes carreteras belgas para un uruguayo es como mínimo un deja vú del terruño: suaves colinas, verdes pasturas, arroyitos y vacunos pastando libres por doquier. Ni menciono sus excelentes cervezas ni las deliciosas albóndigas con chocolate, dignas de un Borgoña.
Vidas paralelas diría Plutarco y al igual que Uruguay, hijos putativos de un caballero británico, y ahí termina la similitud.
A expensas de los expolios al Congo Belga, Rey Leopoldo y a una política de Estado, hoy es un centro financiero de nivel mundial (se acordará algún memorioso cuando Lacalle padre quiso algo igual y crear un país de servicio y la izquierda vernácula al grito de patria financiera - son buenos pa´ los eslóganes-, le puso otra bala en el pié al país).
Sin entrar en las ventajas comparativas de Ricardo me banqué una hora escuchando la tele en Lieja, escuchando a los productores de papa acusar a los productores brasileños de papa destruir el planeta y demás.
La ecuación es fácil, ni Bélgica, ni Francia van a patear el avispero de los subsidios a la agricultura y las trabas a la importación, bastantes problemas tienen ambos con la invasión extranjera (dijo Khadaffi: ”conquistaremos Europa con los vientres de nuestra mujeres”); los incrédulos vayan a Molenbeek.
Lo triste del caso es que quizás a falta de algo tangible que mostrar (me extraña Itamaratí), los gobernantes del Mercosur salieron a festejar la firma de un tratado que lleva años dando vueltas y que, ojalá me equivoque, nunca se firmará.
Lo del título.