Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Miro el almanaque y el pecho se me aprieta un poco; apenas ha pasado el primer año de gestión del presidente Yamandú Orsi y la sensación térmica en la calle es de un desgaste de décadas.
No es impaciencia democrática; es el peso acumulado de ver cómo el relato del “cambio para la gente” se desmorona día a día bajo el peso de la realidad y lo peor, lo verdaderamente asfixiante, es recordar que todavía faltan cuatro largos años para que este ciclo termine.
La promesa de una gestión transparente y renovadora se evaporó al ritmo de los titulares; ya sufrimos la renuncia temprana de un ministro, un portazo que desnudó la fragilidad de un gabinete que parecía más un reparto de cuotas de poder que un equipo preparado para gobernar.
Pero el desfile no terminó ahí, la indignación pública estalló cuando nos enteramos de que varios jerarcas de altos cargos políticos, aquellos que nos exigen estar al día con el fisco y nos asfixian a normativas, mantenían abultadas deudas de impuestos.
El viejo y conocido “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.
Mientras tanto, hacia adentro del oficialismo, el espectáculo es dantesco; la mentada “unidad” de la izquierda es hoy una fachada agrietada por una guerra interna feroz.
Las denuncias y filtraciones cruzadas entre el Movimiento de Participación Popular (MPP) y el Partido Comunista no son por diferencias ideológicas elevadas; es una batalla brutal por el control del aparato estatal, un canibalismo político donde el ciudadano común es el único rehén.
A esto se le suma la preocupante constante de incumplir, por el mero sesgo de la bandera, los proyectos de la administración anterior; obras de infraestructura frenadas, políticas públicas que funcionaban y fueron desmanteladas solo porque llevaban la firma de otro partido.
Se gobierna para el aplauso del comité, no para el desarrollo del país.
Sin embargo, cuando pongo todo esto en la balanza, los ministros que caen, los jerarcas deudores, la guerra del MPP con los comunistas y el freno al progreso, me doy cuenta de que eso no es lo peor.
Todo lo anterior es apenas el síntoma, no la enfermedad.
Lo verdaderamente intolerable, lo que hace que estos cuatro años por delante se sientan como una eternidad en el desierto, es la dolorosa certeza de que las reglas de juego están rotas.
Permitieron, permiten y siguen animando a que toda esta casta política continúe con sus privilegios impunemente; mientras el uruguayo medio hace malabares para llegar a fin de mes, asistimos al obsceno festejo de viajes turísticos oficiales en primera clase y a fiestas faraónicas financiadas con el dinero del contribuyente.
La única luz al final del túnel sería introducir una reforma constitucional profunda que cambie estas reglas de raíz, que castigue el despilfarro y devuelva la decencia al Estado.
Pero la realidad golpea de frente, para poder plantear eso, para empezar a cambiar el tablero, hay que esperar a que este gobierno termine y el reloj, caprichoso y lento, me recuerda que aún faltan cuatro años.