José Pedro Traibel Oribe | Montevideo
@|Por complicidad ciudadana.
Uruguay se refugió durante décadas en el mito de la estabilidad institucional. Ese relato, repetido como virtud nacional, terminó siendo la trampa perfecta para consolidar un sistema político agotado, ineficiente y divorciado del progreso real. La estabilidad institucional dejó de ser una herramienta y pasó a ser una excusa para no cambiar nada. El problema no es un gobierno ni un período: es estructural, cultural y profundamente uruguayo, enraizado en nuestra idiosincrasia.
La política dejó de ser vocación para transformarse en carrera. Se consolidó una “casta política” que vive del Estado, se reproduce dentro de él y lo utiliza como medio de supervivencia. Los votos son un fin en sí mismo; gobernar bien es secundario, solo para mantener el poder. Todos los partidos, pese a sus discursos e ideología, operan bajo la misma lógica: rotación de cargos, blindaje interno y preservación del poder. Las diferencias ideológicas se diluyen cuando el sistema que los mantiene se ve amenazado.
El Estado fue capturado. Empresas públicas, entes autónomos y organismos descentralizados funcionan como botines políticos donde se pagan lealtades y se garantiza empleo vitalicio. La eficiencia es secundaria, la idoneidad no importa y el resultado maquillable. El funcionario público deja de servir al ciudadano para servir al partido, protegido por un aparato estatal sobredimensionado que premia la lealtad partidaria. Nada importa más que un sueldo mensual y un puesto, sin importar la función y el servicio. La comodidad de la estabilidad que otorga Mamá y Papá Estado.
El crecimiento del Estado no responde a necesidades sociales sino a una cultura estatista profundamente arraigada. El batllismo instaló al Estado como proveedor total y esa idea fue llevada al extremo. Cuando en los noventa se intentó cuestionar mínimamente ese consenso, el sistema reaccionó con ferocidad, izquierda, sindicalismo y sectores del partido Colorado se alinearon para bloquear cualquier cambio. El mensaje fue inequívoco, “el Estado no se toca”.
Desde entonces, la realidad que impone la “casta” es que el Estado “solo” puede crecer. Nunca reducirse. La izquierda no creó el estatismo, pero junto al sindicalismo lo expande , lo fortalece y lo quiere intocable, asociándolo a “derechos” y blindándolo contra cualquier reforma. El resultado es un sistema cerrado, donde quienes deberían reformar son los primeros en impedirlo porque viven de ese esquema, son los actores de la película.
La idea que surge en otros lados del “outsider” es insoportable para este esquema porque representa una amenaza real, alguien que no necesita del Estado, que no busca quedarse y que no juega al ascenso burocrático. Por eso el sistema lo ataca, lo ridiculiza o lo neutraliza y frena su ascenso. Lo acusan de antidemócrata.
Pero la responsabilidad no termina en la cúpula política. El sistema persiste porque la sociedad lo sostiene. El uruguayo eligió la comodidad antes que la responsabilidad. Prefiere seguridad antes que mérito, estabilidad antes que esfuerzo. Tolera la ineficiencia estatal mientras le garantice protección y castiga al que se arriesga fuera de ese refugio. Sueldo y cargo hasta jubilarme pide el promedio nacional.
El estatismo no se impone: se vota, se defiende y se reproduce culturalmente. Se critica al Estado, pero se lo elige como salida personal. Se denuncia la decadencia, pero se rechaza el costo del cambio. Somos espectadores conscientes de un barco que se hunde lentamente, señalando culpables pero sin tocar nada ni hacer nada para evitar el futuro naufragio.
Opino que salir de la zona de confort que otorga el Estado es una necesidad y una verdad que incómoda. Pero es también la única salida.
Hasta que no se asuma, los uruguayos seguiremos navegando lentamente hacia el naufragio, timoneados por cómodos burócratas políticos y numerosos empleados públicos con muy pocas ganas de tapar las vías de agua.