Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Existe una extraña pulsión en el diseño de las políticas públicas modernas, la idea de que para que el de abajo suba, el de arriba debe caer.
Bajo la bandera de una “justicia social” malentendida, se ha normalizado una narrativa que no busca elevar el piso, sino demoler el techo; se mira con sospecha a quien ha logrado un buen nivel de vida, olvidando que el éxito no es un pecado que deba ser expiado con impuestos confiscatorios, sino el combustible que mantiene encendida la maquinaria de un país.
El círculo virtuoso vs. el freno estatal.
Es un error de lógica básica creer que el dinero en manos de quien lo produce es dinero “muerto”, la realidad es opuesta:
- El consumo es movimiento: el que más tiene, más gasta, más invierte y más consume. Ese flujo es lo que permite que el pequeño comercio prospere y que el empleo se multiplique.
- La inversión es riesgo: quien acumula capital suele reinvertirlo en nuevos proyectos. Si el Estado decide que el premio a ese riesgo es el castigo económico, el mensaje es claro: no te esfuerces, no crezcas.
El desafío de la reforma constitucional.
Para frenar este avance del resentimiento convertido en ley, el gran desafío que enfrentamos no es solo político, sino constitucional. Necesitamos reformas estructurales que protejan la propiedad privada y limiten la capacidad del Estado para saquear el fruto del esfuerzo ajeno bajo el pretexto de la emergencia. Una reforma constitucional seria debe establecer límites claros a la presión fiscal y garantizar que el éxito sea un derecho protegido, no una fuente de ingresos para el populismo. Sin un marco legal superior que actúe como un dique de contención, los ciudadanos quedan a merced de mayorías circunstanciales que prefieren repartir la escasez antes que fomentar la abundancia.
La envidia como política pública.
Debemos preguntarnos con honestidad: ¿realmente mejora la mesa del necesitado cuando se le quita al que tiene?
La historia demuestra que no, la pobreza no se soluciona restando riqueza, sino multiplicándola. Cuando el foco se pone en “bajar” a los que están bien, la sociedad no se vuelve más justa, solo se vuelve más uniforme en su carencia. Es la paradoja del “gallinero”: se intenta castigar al “gallo” creyendo que así habrá más maíz para todos, pero se termina matando a la gallina de los huevos de oro. Sin incentivos para el éxito, la innovación se detiene y el talento emigra hacia tierras donde la ambición no sea vista como un delito. Es la triste realidad del gallinero comunista, donde el gallo se come los huevos y el gallinero entero termina sufriendo de inanición.
El verdadero objetivo: subir el suelo.
La razón y la lógica nos dictan que el esfuerzo debe centrarse en los sumergidos, pero ayudarlos no consiste en venderles el odio hacia el exitoso, sino en darles las herramientas (educación, estabilidad y libertad) para que ellos también puedan escalar. “Una nación que intenta prosperar a base de impuestos es como un hombre sentado en un cubo intentando levantarse a sí mismo por el asa”, Winston Churchill.
Conclusión: Si seguimos alimentando el resentimiento social como motor económico, terminaremos en ese escenario donde, en nombre de la igualdad, todos terminan pasando hambre por igual. El desafío es institucional, blindar el progreso mediante reformas que impidan que la rueda de la economía se oxide por falta de incentivo. No castiguemos al que llegó; aseguremos las reglas del juego para que todos quieran, y puedan llegar.