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Entre el Estado y el mercado

Miguel Albanese | Montevideo
@|En tiempos de fútbol: entre el Estado y el mercado, ¿cómo juega Uruguay?

Grandeza en la dignidad y la inteligencia colectiva. Un análisis hacia el bicentenario.

Mientras el fútbol vuelve a ocupar el centro de la escena global, Uruguay se mira en un espejo conocido: el de la competencia. Pero ya no se trata solo de lo que ocurre dentro de la cancha.

El país también juega su propio partido, uno más complejo, entre el Estado y el mercado, entre su historia y su futuro.

A mediados del siglo XX, Uruguay fue una paradoja luminosa: un país pequeño que se comportaba como una nación grande.

No por su territorio ni por su población, sino por la calidad de su tejido social, la solidez de sus instituciones y la profundidad de su cultura cívica.

El Maracanazo de 1950 no fue un accidente deportivo. Fue la expresión simbólica de un modelo. Una sociedad cohesionada, donde la igualdad no era solo un ideal, sino una práctica sostenida por un Estado fuerte.

La educación formaba ciudadanos. El fútbol, carácter. En ese contexto, lo público marcaba el rumbo. El Estado no solo regulaba: organizaba, integraba y proyectaba. El sector privado existía, pero subordinado a una lógica colectiva. Uruguay competía en el mundo como competía en la cancha: con orden, inteligencia y una confianza serena en sí mismo.

Pero ese equilibrio comenzó a erosionarse. La crisis de los años 60, la ruptura institucional de 1973 y la dictadura debilitaron la centralidad del Estado. A partir de allí, se abrió un proceso de transformación que se profundizaría con la globalización.

El poder económico se desplazó progresivamente hacia actores privados, muchas veces insertos en dinámicas globales que trascienden lo nacional. Uruguay dejó de ser un sistema relativamente autosuficiente para integrarse en redes donde las decisiones clave no siempre se toman dentro de sus fronteras.

Hoy el país es estable, confiable, respetado. Pero juega otro partido. Existen sectores dinámicos impulsados por la inversión privada, mientras el Estado enfrenta limitaciones para sostener los niveles de cohesión social que alguna vez lo definieron. La cancha se amplió, pero también se volvió más exigente.

El fútbol vuelve a ofrecer una metáfora precisa. El talento uruguayo se forma en casa, pero se desarrolla y compite en el exterior. Los centros de decisión están lejos. Sin embargo, cuando Uruguay logra articular inteligencia colectiva, disciplina y sentido de pertenencia, sigue siendo competitivo.

Ahí reside una clave. Uruguay no gana por volumen. Gana cuando juega como equipo. Cuando logra coordinar sus partes. Cuando entiende que la inteligencia colectiva es más importante que la suma de individualidades.

El desafío hacia el bicentenario no es elegir entre Estado o mercado, como si fueran equipos enfrentados.

Es el de construir un sistema donde ambos jueguen en función de un proyecto común. Un Estado que no domine, pero que oriente. Un mercado que no fragmente, sino que dinamice sin romper la cohesión social.

El verdadero partido es ese: lograr equilibrio en un contexto global que premia la escala pero también la calidad. Uruguay no será una potencia por tamaño, pero puede serlo por inteligencia, por estabilidad y por capacidad de articulación.

Porque, al final, un país también se mide como un equipo: por cómo se organiza, por cómo juega y por la dignidad con la que compite.

Y en ese juego, Uruguay todavía tiene mucho para decir.

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