Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Crónica imaginaria del desacuerdo ideológico y familiar.
La sala comenzó como un espacio cotidiano, cálido y familiar, el sol de la tarde entraba por la ventana iluminando los sillones y la mesa baja, todo parecía tranquilo pero poco a poco el aire se fue cargando de una energía distinta.
Clara, con su perfección obsesiva, transformó el lugar en un tribunal invisible, los sillones ya no eran para descansar sino bancas de acusación; la mesa baja se convirtió en estrado, y ella, con gesto severo, en juez y fiscal al mismo tiempo.
Ramiro, el ciudadano liberal, se sentaba frente a ella con serenidad, era responsable, cumplidor y cariñoso, pero necesitaba sus tiempos para hacer las cosas, no era descuido, sino convicción de que cada acción debía madurar antes de ejecutarse; sin embargo, esa calma era lo que más irritaba a Clara.
“Siempre tardas, Ramiro”, comenzó, con tono implacable; “la estantería que demoraste semanas en arreglar, la cena a la que llegaste tarde, las papas fritas que nunca salen iguales… todo es prueba de tu desorden”.
El ambiente se tensó, la luz que antes parecía cálida ahora se volvía dura, como si cada rayo de sol fuera un reflector de interrogatorio. Ramiro respiró hondo, resistiendo la presión.
“Cumplo, Clara. Siempre cumplo. Pero necesito mis tiempos. La responsabilidad no exige inmediatez, exige compromiso”.
Ella golpeó la mesa como si dictara sentencia. El sonido seco resonó en la sala, que ya no era hogar sino tribunal.
“Tu manera es caos. El país no puede funcionar así; por eso este gobierno es mejor que el anterior, porque todo pasa por él, como todo en esta casa pasa por mí”.
Ramiro la miró con ternura, aunque sentía el filo de sus palabras, el ambiente se espesaba, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.
“La disciplina sin libertad es cárcel, tus reproches son como decretos, tus críticas como leyes; yo soy responsable, pero no quiero vivir en un tribunal eterno, el ciudadano tampoco debería”.
Clara endureció el gesto, como un Estado que no admite disidencia, la atmósfera ya era sofocante, cargada de tensión.
“La libertad que defiendes es desorden, la gente necesita dirección, igual que tú necesitas que yo te marque cada paso”.
Ramiro levantó la voz, cansado de la presión, el ambiente se volvió casi irrespirable, como si las paredes se hubieran cerrado sobre ellos.
“No, Clara. La gente necesita protagonismo. Yo necesito que confíes en que cumpliré, aunque no sea en tu tiempo, el estatismo que defiendes convierte al ciudadano en súbdito, como tú me conviertes en acusado en este tribunal”.
El silencio posterior fue más denso que las palabras; la sala, que había empezado como un espacio cálido, terminó convertida en escenario de enfrentamiento, lo doméstico se había transformado en metáfora política, y lo íntimo en símbolo de un país atrapado entre orden y libertad.
Y entonces, sin necesidad de que nadie la formulara, la pregunta quedó flotando en el ambiente, como un eco inevitable que ya no pertenecía solo a ellos, sino a todos,
¿Con qué persona te identificas?
¿Con Clara, el estatismo que controla cada gesto, o con Ramiro, el ciudadano liberal que exige libertad para vivir sus propios tiempos? ¡Tú decides!