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Elecciones y gobiernos

Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|Adolfo Garcé lo explicó muy claramente en la columna del 23 de abril de Búsqueda. Solamente pretendo desarrollar algo más su pensamiento:

Una cosa es ganar una elección y otra muy diferente gobernar. En nuestro país el FA ha sabido ganar elecciones durante quince años y luego volver a ganarlas en noviembre del año pasado. Puede decirse que son expertos en ello y hasta lo han profesionalizado. Por su lado, los partidos tradicionales han dado claros ejemplos de cómo perderlas en más de una oportunidad. Por citar algún ejemplo, cuando una fracción del partido colorado diseñó y promovió una campaña electoral con un estilo muy estadounidense, con grafitis y pinturas de flores en las calles y veredas que no se adaptaba a la idiosincrasia uruguaya, o cuando el partido Nacional, luego de tener una ventaja de cien mil votos en la primera vuelta del año 2024, no la supo conservar y perdió en la segunda por una cifra similar.

Pero saber ganar elecciones no es lo mismo que gobernar. Para esto es preciso buenos canales de aprendizaje para profesionalizar el trabajo político y saber emplear adecuadamente los canales de información y transmisión de ideas, y comunicar bien esas ideas y proyectos que se pretenden ejecutar. En ello, nuestros últimos gobiernos vienen fracasando. Uno se pregunta, ¿por qué para aprender a manejar un automóvil hay que tomar clases y rendir un examen para obtener una libreta, (que además requiere renovaciones periódicas para seguir conduciendo), mientras que para gobernar un país no existe ningún requisito de capacitación? ¿No resulta más complejo y difícil lo último que lo primero, y sin embargo para saber gobernar no existen casi exigencias? Advierto que este problema no es exclusivo nuestro.

Es una deficiencia extendida a nivel mundial que se refleja en el deterioro educativo y cultural que afecta a muchos países denominados democráticos. Entonces, tenemos en varios de ellos mandatarios que envían mensajes destemplados e iracundos a cualquier hora de la noche, que insultan públicamente a cualquier periodista por no seguirles la corriente, que utilizan la burla irónica o el chiste grosero para captar adhesiones, que manejan frases cortas y slogans eficaces para comunicar ideas y proyectos, cuando muchas veces requieren más y mejor desarrollo. En definitiva, son gobiernos y gobernantes anclados en el cuidado de las formas y pendientes de las vías a utilizar, pero absolutamente livianos, volátiles y prescindentes de los contenidos y de los fines a obtener para sus países en el mediano y largo plazo.

Están más pendientes de la vestimenta y del peinado que van a mostrar que de los objetivos que pretenden obtener. Omiten también los medios que van a emplear para lograrlos. Se preocupan más del tono de sus voces y de la imagen que brindan, que del bien común y el bienestar de sus electores y gobernados. Son actores (a veces excelentes) pero no gobernantes responsables, prudentes y sensatos. Son los típicos representantes de la cultura del voluntarismo, del emotivismo y la inmediatez.

Así es como los gobernados, más tarde o temprano, van perdiendo confianza en estos personajes que son convincentes y persuasivos quizás por un tiempo, pero no creíbles en el mediano o largo plazo. Y así es como también la palabra democracia y los partidos políticos que la defienden se van empobreciendo cada vez más, vaciándose de contenido.

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