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El votante del FA (III)

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|“Nos une la carencia. Al Frente Amplio (FA) no le sobran los votos y a muchos votantes no nos sobran las razones. En lo que a mí respecta existe una que es suficiente. El FA es el único partido que reúne alguna disposición programática y permeabilidad a la peripecia social, con la fuerza necesaria para intentar poner límites a los efectos del capitalismo global desatado. Si decide hacerlo.” Rafael Sanseviero (La Diaria julio de 2019). (El autor de la frase es un viejo cuadro del Partido Comunista Uruguayo. Fue Secretario General de la Unión de Juventudes Comunistas -UJC- durante la dictadura y diputado del FA).

La frase sintetiza una determinada forma de pensar aplicada, en este caso, para confirmar el voto.

Seguramente, traspasando las fronteras de la elite intelectual a la que pertenece el autor, lleguemos a conformar un colectivo de algunas decenas de miles de personas que constituyen dentro del FA una minoría que mira la realidad a través de los cristales ideológicos de la doctrina falaz que sostuvo toda su vida RS. Se trata sin embargo de una minoría valiosa para el FA, porque el ilusorio fanatismo de quienes la integran les permite ejercer un contundente proselitismo dotados de la titánica voluntad de verdaderos apóstoles de una “religión política”. (En Centésimus Annus, Juan Pablo II se refiere a este fenómeno como “religión secular”).

A la fecha de la frase, el FA había gobernado 10 años y no había decidido ponerle límites al capitalismo. Por el contrario, como nunca antes, se exoneró al capital invertido en empresas y se sancionó la ley 18.083 que rebajó unas 30 veces el Impuesto al Patrimonio de las personas más ricas. En los 5 años siguientes en los que también gobernó el FA, tampoco “se decidió a hacerlo”, como dice RS. Y no lo hizo porque el pragmatismo astorista (una opción inexistente en el actual FA) no permitió que la insania ideológica que hoy domina la coalición de izquierdas condujera al país al despeñadero. El kirchnerismo, en cambio, hizo funcionar a una especie de capitalismo “atado” tal como hubiera sido el deseo de esta minoría fanatizada y logró empobrecer a casi la mitad de la población del país más rico de Sudamérica. Los que piensan como Rafael no sólo quieren ponerle límites al capitalismo; querrían su derrumbe, como sucedió en Cuba. Pero en Cuba la gente se alza contra la revolución porque ésta la ha condenado al hambre (al pedido a la ONU de leche para niños, se suma ahora el pedido a Brasil de arroz, trigo y maíz) enfrentando la represión que se ejerce con máxima dureza como en toda dictadura.

Se trata de una minoría, sí, pero suficiente para impulsar a nivel nacional el pensamiento de grupo repitiendo en todo tiempo y lugar juicios morales de belleza retórica ajenos a toda realidad, que generan en el colectivo grupal, familiar o de amigos el terror a ser rechazado por pensar distinto, por egoísta, por ser de “derecha”, etc. Si la autopercepción ideológica constituye el primer factor de captación del voto frenteamplista, el pensamiento de grupo es el segundo y ambos son los pilares de una nueva hegemonía de valores que antes que nada es anticapitalista y por extensión, también antioccidental.

Los excrementos racistas (sólo asimilables al nazismo) que recientemente se pusieron de manifiesto en Uruguay, provienen de esa misma hegemonía de izquierda. Constituyen una nueva oleada antisemita, pero su odio primigenio es a un sistema económico, el capitalismo (que por cierto no se encuentra “atado” en Israel), a uno político, la democracia liberal (que está en vigor en Israel), y a los valores fundacionales de la cultura occidental, que tiene en el Oriente Próximo al invalorable baluarte de la nación israelí. El votante “masa” del FA reacciona ante este conflicto en función de un acto reflejo de pertenencia a la identidad grupal a la que se encuentra “atado” (allí sí cabe el término) con marca y señal.

Ni la dictadura de Hamás, ni sus crímenes aberrantes, ni su homofobia, ni la sublimación patriarcal de su cultura, lo harán moverse de la zona de confort que le proporciona el grupo que ha tomado prisionera a su voluntad.

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